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López Obrador: visibilidad y desgaste

Por Aramis Kinciño

López Obrador no necesitaba convertirse en presidente nacional de MORENA para ser quien dé las órdenes en ese partido, cuya estructura vertical ha controlado desde siempre. Por ello esta decisión debe entenderse, más que como una maniobra política, como una de comunicación y posicionamiento de imagen rumbo a las elecciones 2018.

Durante los últimos años López Obrador ha estado haciendo una campaña fundamentalmente de tierra, pero a medida que se acerca el 2018, en un contexto de sucesión anticipada, su necesidad de virar hacia una de aire sólo se incrementará. Prueba de ello es que en el proceso electoral de 2015 aprovechó las prerrogativas de su partido y apareció, como actor protagónico, en más de 800 mil spots de radio y televisión.

Hacer esto desde la presidencia de MORENA es una reedición de “la estrategia soy yo” ensayada en 2006 y 2012, que de nuevo pone a la persona, AMLO, por encima del partido y su militancia. Estratégicamente es una apuesta que tiene ventajas pero también abre flancos débiles.

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¿Qué gana?

Mayor acceso y atención de los medios. Visibilidad.

Podría suponerse que alguien como López Obrador, que tiene los niveles más altos de conocimiento público entre los aspirantes a la presidencia (97%, según Parametría), no requiere de más reflectores, pero sería un diagnóstico equivocado.

Los medios buscan historias nuevas para sus notas, y el discurso monotemático de López Obrador (las acusaciones, los enemigos, y las conspiraciones de siempre) no resulta noticioso. Igual de monótono es reportar que el jueves dijo durante un mitin en Zacatecas lo mismo que ya había arengado el martes en Tlaxcala.

En cambio, como presidente nacional de un partido político se sube a un debate más amplio. Se baja el volumen (parcialmente) a los mensajes para su voto duro, a fin de entrar de lleno en una serie de mensajes al público en general, particularmente el gran conjunto de votantes indecisos, esa mayoría que hoy no votarían por él y a quienes quiere evangelizar ya no en las plazas, sino desde los monitores de televisión.

Al ser presidente de MORENA obliga también a que otros actores políticos tengan que referirse y contestarle a él. Este modelo ha resultado históricamente rentable, pues en la estrategia de López Obrador cada crítica al partido (fundada o no) será presentada ahora como un ataque a su persona, un intento de silenciarlo, una oportunidad para la victimización y la acusación.

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¿Qué pierde?

Margen de acción para administrar su exposición mediática.

Desde su posición como líder de facto pero no formal de MORENA, López Obrador había podido darse el lujo de pasar periodos relativamente largos en silencio cuando así convenía, emerger con una declaración o acción política en el momento oportuno, dejar que otros voceros de MORENA se desgastaran, y volver a difuminarse hasta que de nuevo llegara alguna coyuntura política rentable.

Hoy esto ya será difícil. López Obrador se verá forzado a hacer algo que se le da particularmente mal: opinar de todo, todo el tiempo; esta dinámica, de por sí desgastante, se torna más riesgosa para un político como él, sin duda hábil pero poco disciplinado desde un punto de vista comunicacional, desafecto a oír a sus asesores, acostumbrado a declarar con base en la corazonada, a denostar, entrar en polémicas, muchas veces sin información ni conocimiento.

Y eso es precisamente lo que le produce sus mayores negativos: la imagen (en gran medida justificada) de un político que necesita crear conflicto para ser visible, que se ocupa más en destruir que en proponer, y que cuando lo hace suele ser en forma de ocurrencias inviables o promesas imposibles.

Finalmente, como responsable oficial del partido López Obrador se pone en posición de responder por la conducta, y específicamente los actos de corrupción, en que de aquí al 2018 puedan incurrir los dirigentes y representantes emanados de MORENA.

Esto puede pegar directa y negativamente en lo que es hoy uno de sus mayores activos: su discurso de denuncia contra la corrupción y los abusos de la clase política, que encuentra amplio eco entre la población, pero al que MORENA no es ajeno, y de lo que ahora para López Obrador será más difícil y costoso desentenderse.

Teniendo simultáneamente los mayores niveles de conocimiento público y las mayores opiniones negativas, a más de dos años de la elección para López Obrador la tensión entre visibilidad y desgaste abre francos fuertes igual que débiles.

El modelo que hace de AMLO el eje único de la campaña ha fracasado en dos ocasiones, en buena medida auto-derrotado, al ser dependiente de los humores de un hombre y no de una estrategia articulada que, entre otras cosas pase por la autocrítica. Con los antecedentes disponibles, no hay una buena razón para suponer que, al menos desde el punto de vista comunicacional, la apuesta vaya a ser diferente.

Acerca de Aramis Kinciño

Internacionalista de El Colegio de México y maestro en ciencia política y gobierno por la Universidad de Tel Aviv. Profesionalmente ha trabajado en las áreas de análisis político, estrategia electoral y mensaje gubernamental, tanto en México como en Israel.

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