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Arquitectura liminal

Por: Javier Caballero



Pienso que debería llamarse arquitectura liminal a toda producción espacial que se encuentra fuera de las fronteras académicas; aquella que producen las personas que parten de otros marcos epistémicos y de otras racionalidades para configurar el entorno en el que reproducen la vida. Lo creo así porque más que una arbitrariedad, se trata de un posicionamiento político cuya intención es contrarrestar el enorme clasismo y la discriminación que vela el entender la arquitectura como una práctica especializada.

Se trata desde luego, de una categoría que exige cuando menos dos aclaraciones: la primera, el sentido o la necesidad de construirla. ¿Por qué no conformarse con entender la vivienda marginal como un espacio que carece de los servicios básicos, de ser una construcción irregular y de estar simple y sencillamente mal hecha? Tal vez porque definirla de ese modo es un reduccionismo por demás elocuente que bien manifiesta la ideología de quién así lo piensa.

Foto: vanguardia.com
Foto: vanguardia.com

Por ejemplo, en un artículo[1] recientemente publicado por la que tal vez sea la revista más importante de arquitectura en México, se denuncia que los gobiernos neoliberales han legitimado la marginalidad a través de dos estrategias:

con la construcción masiva de la vivienda de interés social a cargo de las inmobiliarias, y con la regularización predial que dota de infraestructura urbana a los llamados “asentamientos ilegales”.

Si bien la autora de la publicación no falla en el diagnóstico, sí me parece que ideológicamente opera dentro del mismo sistema. Hacer de lo marginal una categoría cerrada sin posibilidad de condensar en ella otras interpretaciones y usos, no puede significar otra cosa que sostener la definición acuñada por la modernidad capitalista: una imposibilidad e incapacidad de disfrutar del beneficio del desarrollo, como si éste fuera un estado al que sólo han llegado algunos y al que incluso, es deseable llegar. Pero en realidad, el desarrollo económico y social que ha proporcionado el modo de producción capitalista se ha hecho sobre la explotación y el despojo que ha dejado en la marginalidad a millones de personas. Se trata pues, no de un “lugar” del que hayamos sido excluidos la mayoría de los seres humanos, sino de una exclusión generada por el mismo “desarrollo” del que gozan unos cuantos. Una vez más: el problema es la riqueza acumulada, no la marginalidad ni la pobreza ocasionada.

De Sousa Santos nos aclara muy bien este problema: la marginalidad es un constructo inherente a la urbanización y al “progreso”, por lo que la exclusión es la forma en que se incorpora a miles de personas al sistema. Por lo tanto, no se requiere que el gobierno o las inmobiliarias legitimen la marginalidad, como lo afirma nuestra autora, sino que es el único mecanismo mediante el cual se puede sostener el desarrollo de la vida moderna que disfrutan las élites locales.

A partir de ello, se desacredita por completo los análisis que buscan encontrar en lo marginal un concepto que tiene la capacidad de desarticular el sistema de desigualdad que lo reifica[2]. Tacha de “románticos” los estudios que se atreven a observar las potencias y resistencias que ahí se gestan, y de una manera no explícita, conceptúa a “los marginales” como personas pasivas e incapaces de darse cuenta siquiera que yacen en una condición por demás indeseable. Bajo el efecto “halo”, lo marginal se convierte así en sinónimo de maldad, homogeneidad, insalubridad, criminalidad y todo lo que se relacione con la miseria, además de presuponer que las personas que reproducen la vida en estas circunstancias no pueden amar, resistir, organizarse, creer y luchar contra aquello que las oprime.

Sin duda, una perspectiva veladamente discriminatoria y explícitamente promotora de una modernidad por demás imposible.

Esto me lleva entonces, a la segunda aclaración: ¿Por qué utilizar el término liminal? Como ya lo expuse en otra ocasión, la liminalidad es un estado que escapa al sistema de categorías que construye el orden simbólico dominante; un ethos transitorio con el que se posibilitan condiciones materiales y simbólicas que eventualmente (y normalmente lo hacen) modifican la consistencia del sistema que lo sostiene. Lo liminal es capaz de enunciar la posibilidad de confrontar al sistema del que se parte, de localizar las formas de consciencia que lo producen y en consecuencia, de transformar radicalmente la condición que lo sustenta; de esta manera, podemos extraer la pasividad y la resignación que subyacen al término marginal.

Por último, la combinación con la palabra arquitectura, además de subrayar que lo liminal posee un carácter inminentemente espacial, afirma la cualidad universalista que la noción trae consigo, esto es, la idea eurocéntrica que concibió que en todas partes del mundo se produce el espacio bajo los mismos códigos; algo que paradójicamente niega la misma disciplina al establecer prescripciones y cánones con los cuales juzgar y clasificar su objeto de estudio.

Intuyo que la mayoría de arquitectxs en este y otros países jamás aceptarán reconocer que el espacio producido en la liminalidad, es arquitectura, fundamentalmente porque no cumple con la normativa y los paradigmas de una disciplina que ha sido cooptada por completo por la oligarquía; y además, porque el saber con el que la primera se constituye, es un saber abierto que no pretende encerrarse en la irracionalidad de la especialización académica.

Es por lo que utilizar la categoría arquitectura liminal, más que una enunciación tipológica o una categoría que pretenda describir o clasificar un esquema espacial específico, es un posicionamiento político que cree en que otras formas de producir socialmente el espacio, son posibles.

[1] http://www.arquine.com/legitimar-marginalidad-vivienda-mexico/

[2] Excluyo por completo de esta afirmación el trabajo de Hernando Soto, el cual me parece que sí tiene la intención de hacer de la pobreza un concepto ajeno a la generación de riqueza, y por tanto, la concibe como un estado que puede aspirar a emanciparse de sí misma sin erradicar lo que la produce. Desde ahí, se alimenta la idea según la cual la riqueza puede ser para todxs si simplemente nos disponemos a tenerla.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Javier Caballero

Es maestro en arquitectura por el Posgrado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México. Profesor de historia y teoría arquitectónica, se ha especializado en los estudios decoloniales que cruzan la historia del arte, la historia de la arquitectura, el urbanismo y el patrimonio cultural.

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