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Cambiar el lenguaje y la política

Por: Luis Jaime Estrada



Todas las razones para transformar la vida política están latentes. Por separado se convierten en una grieta del sistema político, pero en conjunto muestran un resquebrajamiento generalizado que mucho más allá de una crisis, permiten observar los indicios de un declive; de la primera hay probabilidades de recuperación, del segundo, no.

El naufragio del sistema de partidos, la crisis de credibilidad y confianza en las instituciones del Estado, la desafección hacia la democracia liberal como posibilidad de transformar y mejorar las condiciones de vida de millones de personas arrojadas a la precarización laboral, educativa, de salud y vivienda, la vulgaridad y el cinismo con el que quienes ejercen el poder dominante deciden sobre las vidas de millones de personas, la crisis de la economía y la industria, el desastre ecológico mundial y una larga e ignominiosa lista de temas, son razones para la indignación, la organización y la transformación.

Foto: i2.wp.com
Foto: i2.wp.com

Pero los grandes cambios no los hacen las razones, ni siquiera las ideas cuanto están aisladas de la acción -por más certeras y claras que puedan ser-. Las transformaciones las hacen las personas con sus cuerpos. Pero los cuerpos son sustituidos por dispositivos tecnológicos en donde incluso el lenguaje, en tanto capacidad de significar el mundo, es mediatizado, digitalizado, virtualizado y, tal vez, viralizado. La comunicación asertiva no es ya la que construye otredad, sino la que se viraliza, la que se postea y reproduce maquinalmente; no es ya la relación dialógica sino la fantasía que los usuarios tienen frente a sus pantallas.

El espectáculo de la sociedad hipermediada subsiste como espectáculo de su descomposición. Asistimos a la muerte de las relaciones humanas como las hemos conocido hasta los primeros años del siglo XXI, nuestros cuerpos cambian, el lenguaje también, las relaciones sociales y políticas se desdibujan y en el mareo vertiginoso de no saber hacia dónde nos dirigimos buscamos asirnos a prácticamente cualquier cosa efímera convertida en salvavidas del naufragio: el consumo, la acumulación, la posesión, la mentira disfrazada, la promesa neoevangelizadora y escatológica de algo por venir que no vendrá solo.

El lenguaje, el discurso y la palabra también han caído en un profundo descrédito. La mentira y el engaño han dejado de ser exclusivos de los gobernantes, la publicidad y los falsos profetas. Son las personas comunes y corrientes quienes encuentran en la palabra una moneda de cambio, una mercancía efímera, un instrumento de manipulación y tergiversación.

Sin embargo, a pesar de este sombrío panorama, también hay otro uso del lenguaje y otra forma de entender y hacer política. No hablando sobre la vida, sino desde la vida; no de los conflictos sino desde los conflictos; no del otro sino desde el otro. Pareciera un cambio efímero, pero implica, no solamente un desplazamiento de horizonte, sino una nueva idea de verdad, no unívoca ni estigmatizante, sino múltiple, abierta, compleja, humana.

El lenguaje que no se compromete, que no arriesga a hacer al decir, termina por valer muy poco, porque es un discurso que habla de la vida y el mundo, pero no desde la vida y el mundo. ¿Pero qué significa hablar desde la vida? Significa asumir la política y el lenguaje desde perspectivas distintas, comprometidas y activas, que permitan hacer un mundo, y no solamente observarlo. Ese es el gran reto de la generación que crece con nuestro siglo, pero que todavía sigue sin asumir.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Luis Jaime Estrada

Doctor en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM, con estudios de investigación doctoral en el área de Sociología del delito en la Universidad de Salamanca, España. Colaboró en la Subsecretaría de Prevención y Participación Ciudadana de la SEGOB para la elaboración metodológica y conceptual del Programa Nacional para la Prevención Social de la Violencia y la Delincuencia; y como asesor en materia de prevención del delito en la Jefatura del Estado Mayor Policial de la Ciudad de México. Actualmente es profesor-investigador de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y Director de Investigación Social en el Instituto Ciudadano para la Gobernanza Democrática S.C. Ha participado como ponente en diversos congresos nacionales e internacionales y ha escrito distintos artículos académicos en torno a la violencia y la inseguridad. Es autor del libro Violencia, discurso y simbolismo de crueldad.

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