Carmen

Por: Don Porfirio Díaz


Aunque es bien sabido que la mayor parte del año vivía en la calle de Cadena #8 en el Centro de la Ciudad de México, cada verano Carmelita y yo nos mudábamos temporalmente al Castillo de Chapultepec, para disfrutar de la brisa fresca que soplaba sobre los ahuehuetes ancestrales y los atardeceres violáceos que contempló el mismo Moctezuma antes de ver su imperio derrumbarse. Ese 20 de enero, sin embargo, no estábamos en la calle de Cadena, sino en el castillo, y esa excepción se debía a un evento muy importante.

Recuerdo cómo corrían los sirvientes para asegurarse que todo estuviera listo, los candelabros de plata se habían colocado sobre las mesas, al igual que la vajilla de porcelana y la cubertería fina. Los pisos se habían pulido con dedicación, y toda la fragancia que enamoraba el ambiente era de la mantequilla que se deshacía en la cocina, y comenzaba a preparar los confitados que se servirían durante la cena.

Foto: ccetzolkin-cultura.blogspot.mx
Foto: ccetzolkin-cultura.blogspot.mx

Yo contemplaba todo esto, mientras Carmelita, a pesar de su juventud, daba sus órdenes, como yo mismo lo había hecho años antes en el campo de batalla, porque ¿no es cierto que una gran señora puede ser general en lo mundano y triunfar en la batalla? Así era mi esposa, quien pudo haber ganado múltiples medallas y honores por aquellos menesteres.

 — Si no estás seguro, puedo pedir que la orquesta…

 Mas ella me interrumpió:

 — Estoy segura, Porfirio — y volvió a dar órdenes.

Con la aparición de la primera estrella comenzaron a llegar los invitados, lo mismo mis Secretarios de gobierno acompañados de sus respetables esposas, que miembros de la clase alta del país. Las velas volvían dorada la luz, los candiles brillaban transparentes; aquella tertulia era ideal para que las mujeres presumieran sus mejores joyas, y los hombres sus enormes bigotes. Aquello era alcurnia y elegancia, el punto más respetable de mi gobierno, pues era la década de los ochenta, durante el siglo XIX.

Entonces se hizo el silencio, apareció un hombre bien rasurado, con una levita que, debo decir, no parecía de la mejor calidad. Se paró frente a la orquesta, se acomodó los lentes rotos sobre la nariz y titubeó. Aquella vista que empezó de un modo lamentable, cambió en cuanto el hombre levantó las manos y los instrumentos le obedecieron. Aquello era magia, brujería y un vals comenzó a inundar todo el salón.

Esta vez enmudecieron los invitados, no por la levita que llevaba aquel hombre, sino porque el compositor de la pieza, a la que había titulado: Carmen, en honor a mi esposa, que celebraba su cumpleaños aquella noche de invierno. Al terminar la pieza, el aplauso fue unánime, y el músico debió repetir la pieza una vez más. Pedí la mano de Carmelita, y bailamos en el centro del salón, ante la mirada atónita del país.

Dicho músico, que nos deleitó toda la velada con valses y polkas, y que empezaba a ser famoso en la escena nacional, se llamaba Juventino Rosas, y se haría mundialmente famoso al escribir un vals llamado: Sobre las Olas.

Foto: sacm.org.mx
Foto: sacm.org.mx

Después de aquella noche tan deliciosa, le mandé un piano al músico para agradecerle el que le haya escrito un vals a mi esposa, además de pagarle sus justos honorarios por sus servicios. Lamentablemente, Juventino no estaba en una buena posición económico, y vendió el piano a cambio de 45 pesos… y es que durante toda su corta vida sufrió muchas carencias, de las cuales nunca pudo recuperarse a través de su éxito.

En julio de 1894, Juventino Rosas viajó, con la compañía musical de Ángela Peralta a Cuba, para hacer una serie de presentaciones en aquella isla. Él, sin embargo, ya sufría los estragos de la mielitis, y sucumbió a ella. Murió a los 26 años y fue velado y enterrado en Batabanó. No fue sino hasta 1909, que la Asociación Mexicana de Compositores hizo las gestiones para que sus restos regresaran al país, y todo el trayecto de Veracruz a la Ciudad de México tocaron sus composiciones, a modo de convertir los vagones en una orquesta, en una capilla ardiente, en un homenaje a un gran músico.

Sus composiciones se asocian a mi gobierno a los valses y a las tertulias, y permanecen vivas en la mente de los mexicanos, y no puedo evitar recordar aquella ocasión en que tocó Carmen para el cumpleaños de mi esposa, y yo la tomé firmamente mi cuerpo para hacerla sonreír… pero aquella curva en los labios no era por mí, sino por la música deliciosa que inundaba el Castillo de Chapultepec, y los ahuehuetes que alguna vez contempló Moctezuma.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Don Porfirio Díaz

@DonPorfirioDiaz es el alter ego de Pedro J. Fernández, autor de dos novelas históricas “Los Pecados de la Familia Montejo” y “La Última Sombra del Imperio”. Fue dialoguista de la teleserie “El Sexo Débil” y ha colaborado con varios medios nacionales con artículos históricos.

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