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De por qué lloré al ver la película de “Coco”

Por: Alfredo Godínez


A Salud, Juanita, Andrea y Tío Juan por el honor de llevar sus apellidos.

A Nacho Padilla, por tus charlas, tus oídos y tus sonrisas.

A Karen de la Mora, por todo lo que me has dado y esperando logres comprenderme.

El pasado 7 de noviembre, Nacho Padilla habría cumplido 49 años. Y hace unos meses, los que aún seguimos en la tierra: familiares, amigos, cómplices y lectores hemos cumplido un año extrañándolo.

Hace unos días celebramos el día de muertos, algunos habrán visitado ofrendas, otros probablemente hicieron pan de muerto con sus familiares y algunos, quizá la mayoría, pusieron una ofrenda para recordar a los suyos. Debo confesar que hace años dejé de poner ofrendas y que particularmente este día no me emocionaba mucho o me era indiferente. Cuando era niño recuerdo que -en las fechas del día de muertos- nos reuníamos primos y tíos del apellido materno en alguna casa y entre todos, comandados por mi abuelita, hacíamos pan de muertos (hojaldra para los poblanos). Con la muerte de mi abuelita eso dejó de realizarse y extrañamente –estos días– los cambiaron por reuniones para festejar el Halloween y hacer concursos de disfraces.

Foto: amqueretaro.com
Foto: amqueretaro.com

Recientemente el gusto por admirar ofrendas y valorar estos festejos fueron volviendo a mí, empero no he vuelto a poner ofrenda. Un poco por economía, otro tanto por incredulidad. De unos años para acá no creo prácticamente en nada y la única fe que tengo la invierto en dos cosas: el éxito de las personas que quiero y en el triunfo de mi equipo: el Puebla de la franja.

El jueves pasado fui al cine con Karen, la persona que más quiero y valoro mucho, a ver Coco. Es una película bonita, entretenida y efectista. No es la octava maravilla, pero es agradable y sirve para que los demás conozcan un poco de las tradiciones mexicanas más valiosas. Ahora bien, hablando en términos más íntimos, “Coco” me vino a remover uno de mis miedos principales: morir y no ser recordado, morir y no dejar un legado.

De chico quise ser futbolista y algún día defender los colores del Puebla. La vida tenía otros planes para mí y por distintas razones abandoné ese camino, y otro sendero apareció frente a mí: la literatura, mi primer acercamiento fue a través de los talleres literarios de la Casa del Escritor de Puebla, desde el primer momento sentí un extraño sentido de pertenencia. En ese espacio, hoy extinto, conocí a Pedro Ángel Palou y Nacho Padilla, entre otros. La satisfacción que sentía al aprender al lado de estos escritores y darme cuenta que en mi facultad no existía esa posibilidad, me hizo creer que yo podría generar ese cambio en mi escuela Así es como comencé a llevar a escritores a Puebla. Siempre conté con la asesoría de Pedro Ángel Palou y con la retroalimentación de Nacho Padilla. Al mismo tiempo que iba conociendo a la persona, fui acercándome al escritor. Conforme iba conociéndolos, descubría sus otras facetas como funcionarios culturales, y catedráticos. Y en todo ese proceso supe que quería ser como ellos y dejar mi huella en este mundo, aportar mi ladrillo para construir un mejor país. Desde ese entonces he buscado forjar mi propia historia y he ido pensado en qué nuevos proyectos serían buenos para seguir mejorando el ámbito cultural. Empero, a veces siento que me falta tiempo y me desánimo constantemente.

Noviembre ha avanzado y nuevamente no puse ofrenda, empero, este texto es una disculpa con todos mis muertos. Hoy sé que no puedo construir mis propios sueños ni combatir mi mayor miedo si no hago hasta lo imposible para que el legado de la gente que admiro y quiero no sea olvidado. Este texto es, también, una especie de ofrenda. El próximo noviembre habrá ofrenda y también pasos más firmes y nuevos proyectos que me permitan seguir construyendo y alcanzado ese sueño, esa inmortalidad.

Disculpe, caro lector, mi sentimentalismo textual. No pretendo aburrirlo con anécdotas personales. Sin embargo, creo que uno de los problemas que aquejan actualmente a la sociedad es nuestra incapacidad de abrirnos emocionalmente ante el otro, así como el de realmente escuchar o leer atentamente al otro.

Gracias al temblor la sociedad volvió a darse cuenta que la única forma de superar una desgracia es apoyando al otro y la mejor forma de hacerle notar que no estamos solos es mirándonos de frente y tomándonos de la mano. ¿Y si también comenzamos a escucharnos, a ofrecer nuestras herramientas y conocimientos para que el prójimo logre cumplir sus sueños? ¿Y si en lugar de criticarnos y juzgarnos mutuamente, extendemos la mano al otro y juntos mejoramos aquello que merece o necesita un retoque?

¿Y usted, querido lector, a qué le tiene miedo, cuál es su meta o sueño a cumplir?

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Alfredo Godínez

Gestor cultural, poeta, lector empedernido, amante del fútbol y del teatro; es colaborador de Distrito Teatral y ocasionalmente de 24Horas-Puebla. Ha publicado en revistas como Relatos e historias de México, UniDiversidad, Laberinto del Diario Milenio-El Portal de Veracruz y Revista 360°-Puebla.

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