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Democracia y participación ciudadana

Por: Armando Alfonzo Jiménez


  1. La perspectiva teórica: la democracia según el cristal con que se mire.

No existe un consenso en torno de lo que implica la democracia: algunos más preocupados por quiénes y cómo se toman las decisiones, otros por los pesos y los contrapesos para que el poder no cometa excesos ni injusticia.

En primer lugar, la democracia intenta responder a la pregunta: ¿quién gobierna? ¿Durante cuánto tiempo? Pero, también implica resolver otros cuestionamientos: ¿quién domina? ¿Quién decide? ¿Quién controla? ¿A quién se beneficia? ¿A quién se afecta?

Fuente: noticias.universia.com.br
Fuente: noticias.universia.com.br

José Nun, por ejemplo, pone en la disyuntiva ¿gobierno del pueblo o gobierno de los políticos?

De ahí se desglosan múltiples enfoque sobre la democracia, de acuerdo con la perspectiva particular con que se analice. Así tenemos:

  • La teoría de las élites que se sustenta en el ejercicio del poder de ciertos grupos económicos, militares y políticos
  • Para algunos la democracia tiene adjetivos: popular, liberal, nacional, participativa, social, formal, material, realista, idealista.
  • Otros pensadores pugnan por una democracia sin adjetivos.
  • Para algunos la democracia es un sistema de vida.
  • Para otros sólo un procedimiento de elección de gobernantes.
  • Para algunos bajo el espectro de la democracia predomina en la búsqueda de igualdad.
  • Para otros el rasgo distintivo de la democracia es la libertad.

La democracia es una de las ideas políticas más antiguas.

Proviene desde la Grecia clásica y durante toda la historia de la humanidad ha sido motivo de reflexión.

A finales del siglo XVIII y principios del XIX, algunos ilustres pensadores como Jean-Jacques Rosseau y John Stuart Mill desarrollaron, en torno de la idea de la democracia, importantes doctrinas políticas que hoy en pleno siglo XXI conservan su validez, a saber: la ley como expresión de la voluntad general, la soberanía nacional y la tiranía de la mayoría.

Pero se debe al economista Joseph Alois Schumpeter una de las más agudas críticas a la llamada teoría democrática clásica.

Schumpeter sostenía que no hay un bien común único aceptable para todos, que sólo es factible lograr determinados niveles de consenso y, si no existe una definición de bien común, tampoco puede haber una de voluntad general, y sólo quedan las voluntades individuales. Empero, las voluntades individuales tampoco existen y, por tanto, los individuos carecen de responsabilidad para enfrentar y procesar la información.

En consecuencia, Schumpeter llegó a la conclusión de que:

“El método democrático es ese arreglo institucional para llegar a decisiones políticas en las que los individuos adquieren el poder de decidir mediante una lucha competitiva por los votos del pueblo”.

  1. El diagnóstico: algunos datos de la realidad

Sir Winston Churchill decía sobre la democracia que no era un buen sistema, pero que era mejor que los otros sistemas que ha creado el ser humano.

De acuerdo con el politólogo norteamericano Robert Dahl hoy en día 3 mil 100 millones de seres humanos viven en regímenes democráticos frente a 2 mil 600 millones que lo hacen en regímenes dictatoriales.

Es decir, poco más de la mitad de la población del mundo es gobernada bajo regímenes democráticos.

Según Zygmunt Bauman el uno por ciento de esa población concentra el noventa por ciento de la riqueza global.

Las consecuencias de la acumulación de riqueza en pocas manos, bajo el libre mercado, nos coloca en el reverso de la moneda que es la creciente exclusión social, económica y política de grandes sectores de la población, justamente la antítesis de la participación ciudadana.

  1. Trascender el aspecto cuantitativo de la democracia: por una democracia de contenidos.

¿Cómo hacer que la idea de democracia tenga una mejor correspondencia con su beneficiario ‘el pueblo’?

El sistema de representación se encuentra en crisis. No basta que la democracia sólo se refiere a la “regla de la mayoría”, sino que realmente las acciones de los gobiernos de traduzcan en beneficios de toda la población. Esto es lo que Luigi Ferrajoli ha llamado “democracia constitucional”.

Desde mi óptica, tres líneas fundamentales que pueden contribuir a la calidad en la democracia son:

Primera. La educación para la democracia

Resulta indispensable una educación para la democracia cuya base sea la tolerancia.

Los efectos para los gobernantes es que comprendan que aun cuando un partido político los llevó al poder público, ellos no deben gobernar sólo para un grupo de la sociedad, sino para todos. Están obligados no únicamente a respetar a las minorías sino a impulsar y consolidar el estatuto jurídico de la oposición, porque en un juego democrático las mayorías de hoy pueden ser las minorías del mañana, luego entonces este mecanismo garantizaría la supervivencia de la democracia.

También la educación para la democracia concerniente a las autoridades significa el respeto a su marco normativo de actuación y al compromiso de castigar a quienes violenten el orden jurídico. Cuando el poder público origina la impunidad envía un mensaje a la sociedad de que es más redituable burlar la ley que cumplirla con grandes efectos nocivos: el camino más eficiente es soslayar al derecho y se instituye con ello la barbarie.

Para los miembros de la sociedad, la educación para la democracia, implica interesarse en lo que sucede en su comunidad, ciudad, Estado.

Informarse sobre los posibles candidatos a los distintos cargos de elección popular y votar razonadamente.

Manifestarse, civilizadamente, en contra de aquellas medidas que no fueron suficientemente discutidas y razonadas y que no redunden en beneficios para la sociedad.

Pugnar por una educación cívica sólida para nuestros hijos.

Cumplimiento irrestricto a la norma jurídica, contra la impunidad.

La generación de oportunidades de desarrollo para todos.

Segunda. El control del poder

Una de las lecciones de las atrocidades cometidas por los regímenes autoritarios, cualquiera que sea su signo, es que no podemos confiar en quienes ejercen el poder, ni siquiera cuando tienen una base de legitimidad democrática.

Hitler, Mussolini, Stalin son muestra de líderes ‘carismáticos’ que con el apoyo mayoritario cometieron crímenes de lesa humanidad.

Por tanto, son necesarios mecanismos de control eficientes para que el poder no haga de las suyas.

Este es la piedra de toque de los procesos de democratización.

Señala el politólogo italiano Gianfranco Pasquino:

“La estrategia democrática podría no ser la democratización sustancial e indiscriminada de todas las instituciones, de todas las estructuras, de todas las organizaciones y todas las asociaciones de un régimen democrático. Dicha estrategia podría consistir, más bien, en la multiplicación y potenciación de los instrumentos de control de las instituciones y de contención de los comportamientos desviados, así como en el aumento de los contrapesos disponibles para los ciudadanos democráticos y en las sanciones aplicables a comportamientos no y antidemocráticos.”

Tercera. La lucha, en serio, por los derechos humanos

Los derechos fundamentales por antonomasia se constituyen como la técnica de limitación y control del poder.

En una sociedad pluralista todos contamos: está prohibido terminantemente todo tipo de discriminación.

El poder público obligado a promover, respetar, proteger y garantizar todos los derechos para todos, frente a cualquier tipo de poder, sea público o privado, y en el ámbito doméstico e internacional.

De ahí la trascendencia en México, de la reforma constitucional en materia de derechos humanos, de junio de 2011, que obliga a toda autoridad a los deberes mencionados en el párrafo anterior. Se abre una nueva época, en la cual, las políticas públicas y los presupuestos de egresos deberán formularse con perspectiva de derechos humanos.

Concluyo con la siguiente reflexión de Václav Havel:

“Sería imposible culpar únicamente a los gobernantes anteriores, sólo porque esa actitud contradiría la verdad, sino también porque así se podría debilitar el deber que hoy apela a todos y cada uno de nosotros, es decir, el deber de actuar independiente, libre, prudente y rápidamente. No nos equivoquemos: el mejor gobierno, el mejor Parlamento y el mejor presidente no podrán solos con ello. Y sería absolutamente injusto esperar tan sólo de ellos la mejora general. No olvidemos que la libertad y la democracia significan la participación y, por tanto, la responsabilidad de todos”.

Armando Alfonzo Jiménez es colaborador en Integridad Ciudadana A.C. Maestro en Derecho Constitucional por la Universidad Latina de América con mención honorífica. Actualmente consultor especialista en Derechos Humanos y en análisis jurídicos. Twitter: @ArmandoAlfonzo 
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Acerca de Integridad Ciudadana A.C.

Asociación no lucrativa, independiente, sin afiliación partidista, que se creó en 2008 por un conjunto de profesionistas provenientes de diferentes disciplinas, y cuyo objetivo es impulsar la participación ciudadana, la investigación, la divulgación, la docencia, la elaboración de propuestas de políticas públicas, así como fomentar la cultura de la legalidad, la transparencia, la corresponsabilidad, la rendición de cuentas y la anticorrupción.

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