El principio del tiempo / Opinólogía / Digresiones sobre Rusia (en año de Mundial de Fútbol)

Digresiones sobre Rusia (en año de Mundial de Fútbol)

Por: César Navarrete



Rusia repuntó en el lapso más reciente en la geografía internacional. Y no podía ser de otro modo. La heredera de la Unión Soviética supo reponerse a la crisis del comunismo.

En los noventa atestigüé por televisión el drama de la gente formada afuera de las tiendas en busca de víveres, semejante a lo que sucedió años después en Argentina. La caída del gigante socialista alcanzó nuestro hemisferio y desamparó a su satélite americano: —Fidel empujaba su propio vehículo porque no había ni gasolina —me repetían algunos isleños como si fuera un acto corroborado por cada uno de ellos. Aunque los caribeños eran demasiado orgullosos para reconocerlo, durante aquella época las mujeres se prostituían con los extranjeros a cambio de lápices labiales, pantalones de mezclilla o algunos dólares para sobrevivir.

Foto: César Navarrete
Foto: César Navarrete

De vuelta a Eurasia, las estatuas de los ideólogos y estadistas de la Cortina de Hierro fueron derribadas mediante cuerdas: los ciudadanos las jalaron con las fuerzas acumuladas durante la represión (a dictadores como el rumano Ceaușescu lo ajusticiaron). Las imágenes registradas en VHS eran catárticas y elocuentes.  

Antes de llegar a Rusia visité a otros miembros del antiguo Pacto de Varsovia (Hungría, Alemania y Checoslovaquia —República Checa y Eslovaquia—; la experiencia en Cuba también enriqueció o empobreció, según se considere, mi concepción). Transité libremente por los puntos fronterizos abandonados por los que, en otro tiempo, se escabullían los disidentes. De alguna manera y sin saberlo, esto me preparó.

Algo se respiraba aún en el ambiente, a pesar de que habían transcurrido más de dos décadas de la caída del Muro de Berlín. Si bien eran naciones y ciudades hermosas, se me revelaron tristes, lúgubres. A la esplendorosa Praga la evoco negra y melancólica y el subterráneo de Budapest aún se me semeja a un quirófano móvil con destino al pasado (la luz eléctrica en estos lugares siempre la percibí mortecina).

Los edificios de la Alemania Oriental, aunados a los vestigios de la hoz cerca del Checkpoint Charlie, son cadáveres silenciosos y uniformes: ruinas y puntos de peregrinación para utópicos, nostálgicos y turistas.

Foto: César Navarrete
Foto: César Navarrete

Cuando por fin aterricé en Moscú, esa mole gris con destellos dorados de la época zarista, su arquitectura burocrática me golpeó la cara como una piedra. El pintor José Luis Cuevas calificó al muralismo mexicano como «esos monotes con unas manotas», y las dependencias estatales de la capital rusa evocaban aquellas proporciones mientras se alzaban imponentes con el emblema soviético palpitándoles en el helado pecho de concreto.

En la calle, al tratar de socializar con los moscovitas, comprendí algo. Si quería comunicarme con ellos, sería en sus propios términos. No se va a Rusia a hablar inglés (en ese sentido, Cuba comprendió mejor la inercia sociopolítica y favoreció el aprendizaje de este idioma en detrimento del chino mandarín y el ruso).

Una anécdota para ilustrar. De la muchedumbre que se transportaba en el metro, museo y laberinto bajo tierra al mismo tiempo, sólo un joven se acercó a mí para tratar de auxiliarme. Infortunadamente, su desconocimiento de otro idioma que el suyo le impidió que lo consiguiera (esto me hizo pensar inmediatamente en las hordas de aficionados que padecerían ésta y otras complicaciones en la Copa Mundial de 2018. Con excepción del distrito comercial de Présnensky, en que se empleaba el alfabeto latino en las modernas instalaciones, en las demás líneas había que descifrar los letreros en cirílico).

Como en París, y por inverosímil que parezca, conseguí más con las señas que con la lengua de los «americanos»: un par de soldados del Ejército Rojo finalmente me guió, a paso apurado y con poca amabilidad, a la Plaza del mismo color.

Quizá la paradoja de esto sea que su «nuevo zar», Vladímir Pútin, cuyo apellido significa «camino», es un gran conocedor y analista de los Estados Unidos (la tesis con que se graduó se enfocó en la política estadounidense en África). Y acaso sea en la actualidad la única figura que se contrapone al tránsito de un lado a otro del llamado «Occidente», desde donde aún prevalece el maniqueísmo de la Guerra Fría.

Foto: César Navarrete
Foto: César Navarrete

Por momentos experimenté la sensación de que el globo terráqueo estaba al revés, una suerte de realidad alterna. A pesar de las barreras, logré trascender algunas brechas. Acostumbrado a tener «por encima» a una superpotencia (si bien la frase es equívoca y siniestra, también es muy pertinente e ilustrativa), entiendo y asimilé lo que su influencia representa para la región. El reconocimiento oficial de Abjasia y Osetia del Sur, la pugna por Crimea y los ataques a Siria, además del espionaje cibernético, son algunos de las muestras del posicionamiento geopolítico ruso.

Estados Unidos es el referente de «esta —nuestra— parte» del planeta e impone sus (anti)valores y caprichos. Lo mismo sucede con Alemania y Rusia en la Europa Oriental y el Asia del Norte respectivamente, de tal modo que no es fortuito el acercamiento entre ambos gobiernos. No sólo las lenguas y la cultura prevalecen, también —ante todo— el dinero. La mafia y la oligarquía petrolera representada por el multimillonario dueño del Chelsea inglés, Román Abramóvich, se apoderaron del vacío de autoridad, con la ayuda de la corruptísima administración del beodo Borís Yeltsin.

Regreso a Budapest a manera de termómetro. Una mesera me confesó que prefería el alemán al inglés, y al indagar más me enteró de que también hablaba ruso. La impronta soviética —y acaso aún la del Imperio austrohúngaro— aún se manifestaba sobre las nuevas generaciones centroeuropeas.

Alguna vez leí que los países colonizadores habían interiorizado tanto su poder que sus actitudes impositivas aún se proyectaban en sus ciudadanos: franceses, ingleses y rusos… dan cuenta de ello.

Uno de los temas socorridos en el período en que estuve en la Federación Rusa era la inmigración ilegal azerbaiyana. Escuché comentarios sardónicos de que Moscú era «la pequeña Bakú», capital de Azerbaiyán. En el metro se sentían las miradas acechadoras de varios ciudadanos de esta nacionalidad, en pos de alguna bolsa o cartera. En este mismo sitio un sujeto de ojos rasgados se me quedó observando como si yo fuera un extraterrestre. No atinaba a identificar mi nacionalidad. Fue evidente que nunca antes había visto a un mexicano.

En San Petersburgo, enclave cultural por tradición y cuna del malogrado acmeísmo poético, los constructores chinos edificaban multifamiliares en su periferia. Entonces ya se presumía el oneroso Estadio Krestovski —el más caro al momento de inaugurarse— que albergó la final de la Copa FIFA Confederaciones, ensayo previo al Mundial. Como otras potencias, la Rusia putinista apostó por mostrar su vigorosa economía con eventos masivos: los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi 2014, la Copa del Mundo de 2018 y la Eurocopa de 2020. Habrá que esperar para saber si no se contagia del mal del Coloso del Amazonas. Antes del caos, a Luiz Inácio Lula da Silva se le consideraba un visionario por llevar el Campeonato Mundial de Futbol y los Juegos Olímpicos a Brasil.

La imagen del país más grande del mundo —y de sus escritores no menos titánicos— me la dio una desconocida. La encarnación de la Madre Rusia la distinguí en una joven atractivísima que aguardaba el vagón en el andén en uno de las zonas más prósperas. Más que una pasajera parecía una supermodelo: su figura esbelta —debido al ballet o al patinaje—, la ropa y los accesorios de diseñador que lucía. Metáfora palpitante, antítesis de la penuria noventera y personificación del presente y el porvenir eslavo. Sin embargo, desconfié. Metáfora más adecuada: muchas de las «muñecas rusas» —ignoradas completamente por los hombres, ¿acaso se habrán acostumbrado a la belleza?— que se paseaban ante mis ojos incrédulos, terminarán cual «matrioshkas». Así ocurrió con la ilusoria Revolución de Octubre y seguramente pasará con el Capitalismo Blanco de esta etapa.

Los rusos acostumbran aplaudir en cuanto el avión toca el suelo patrio, al cual «no comprende la razón», sino en el que «sólo se puede creer», en palabras del poeta y diplomático Fiódor Ivánovich Tiútchev, hecho corroborado por un conductor cubano —de los varios que trabajan en la industria turística de habla hispana: —Me casé con una mujer rusa y llevo viviendo casi treinta años aquí y aún no me acostumbro.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de César Navarrete

Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad del Valle de México, con un Diplomado en Nivelación Pedagógica para profesores de Educación Secundaria por el Centro de Actualización del Magisterio en el Distrito Federal. Profesor universitario, escritor, viajero, traductor, fotógrafo, bloguero, documentalista y etnomusicólogo. Ha traducido textos literarios en más de diez idiomas y publicado en medios tradicionales y virtuales de México, Honduras, Perú, Colombia, España, Francia y Portugal. Es autor de los libros: Poenimios (México, 2014), Fábulas-o-heces (México, 2014), 20 Poenímios (Coimbra, Portugal, 2016) y Epigramas y maxinimias (México, 2017).

Te puede interesar

#Opinólogo

Raúl Castro y el fin de una era en Cuba

Comparte en WhatsApp El año 2008 significó para Cuba y sus habitantes un paso hacia ...

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>