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Divididos caemos: la democracia en tiempos de polarización

Por: Javier Martínez Mendoza



Una sombra se cierne sobre la naciones democráticas, liberales o en proceso de consolidación. Se trata de un fantasma que no distingue entre economías robustas o inestables, pero sí nace y crece de sus desigualdades. Este fenómeno llegó en 2016 a redefinir la política interna y la global, así como a cuestionar los fundamentos de la democracia liberal como idilio de la organización política.

Foto: elperiodicodemexico.com
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Se trata de la polarización política que ha marcado las últimas elecciones alrededor del mundo, y que, como las actuales campañas electoras evidencian, no exentó a nuestro país de sus estragos. La política en las naciones democráticas se ha convertido en una auténtica continuación de la guerra por otros medios. El factor de lucha que la contienda electoral de los sistemas democráticos vino a anular, ha regresado para convertir cada elección en un conflicto entre sectores de la sociedad con visiones de imposible reconciliación. Sobre todo, en muchas sociedades una de las posturas está claramente confrontada con el orden actual de la sociedad y su Estado, el llamado movimiento antisistema.

Antes de continuar sobre esta línea, valdría la pena preguntarse, cómo fue que las sociedades democráticas alrededor del mundo llegaron este punto. La respuesta es compleja, aunque llena de patrones. Uno de ellos, el más puntual y alarmante, es el hartazgo. Como advierte Pankaj Mishra en su obra de 2017, vivimos actualmente una “era de enojo”, fomentada por las promesas no cumplidas de la globalización, y del liberalismo como paradigma rector de la política y la economía internacionales. El efecto arriba-abajo que garantizaba el progreso en la escala social ha quedado en la ficción para varios sectores de sociedades desarrolladas y en vías de desarrollo, mientras las desigualdades se han acentuado a raíz de la crisis financiera de 2008. Por otro lado, el avance en diferentes sociedades de la democracia y los valores aceptados por la comunidad internacional, ha defraudado en su implementación, al no traducirse en una mayor inclusión y pluralidad en la vida pública de sus naciones, ni resolver los problemas que más aquejan a la población, como la seguridad ciudadana y la impunidad.

Las instituciones que sostienen el orden democrático, liberal y de mercado en naciones desarrolladas y en desarrollo tampoco han ayudado a calmar esta “epidemia de enojo”. La incapacidad de gobiernos y oposiciones, de distinto color e ideología, para resolver los efectos de la crisis económica, atender las desigualdades en la sociedad, además de corregir una estructura gubernamental afectada por la corrupción y la falta de representatividad, ha llevado a su cuestionamiento y a que el ciudadano ya no vea en el proceso democrático tradicional el medio para expresar y abordar sus inquietudes y problemas.

El resentimiento social que ha causado un sistema político y económico que ha fallado en velar por los intereses y las aspiraciones de sus ciudadanos se ha convertido en una suerte de ira contra todo lo que representa este sistema, incluida la democracia, sus instituciones y sus formas en el discurso público. Surge así el argumento antisistema, que prefiere cambiar el statu quo, por más incierta o arriesgada que sea la alternativa a seguir con “más de lo mismo”. Naturalmente, para convertirse en un auténtico movimiento, esta idea necesita, además de un sector de la población harto del sistema, una figura personal y/o una formación política que lo encabece y encauce. Es así que ha surgido alrededor del mundo una variedad de partidos “antisistema” o radicales, como Podemos en España, el Movimiento Cinco Estrellas italiano, Syriza en Grecia, Alternativa por Alemania, el movimiento Alt-Right estadounidense, o el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) en nuestro país.

Ahora bien ¿cuál es la reacción del sistema y de quienes todavía confían o se benefician de él? De manera general, el repudio e, incluso, la estigmatización de estas formaciones. El paradigma liberal, basado en el racionalismo, no concibe algunos o todos los planteamientos de las formaciones antisistema, basados en enfoques que le son críticos, ni el hecho de que sus seguidores puedan comulgar con ellas. Aquí cabe aclarar que en casos particulares muchas propuestas de estos movimientos son verdaderamente deleznables, como la xenofobia y otras reivindicaciones extremistas. Sin embargo, el llamado establishment ha fallado en comprender una realidad: el hecho de que no pueda comprender las reivindicaciones antisistema, aun sean reprobables, no descarta que un importante sector de la sociedad se ha identificado con ellas.

Fallar en comprender esta realidad lleva a que el repudio de quienes defienden el orden liberal y el sistema hacia los seguidores de movimientos antisistema ensalce el resentimiento que en un principio los confrontó con el statu quo, y este resentimiento sea contestado por el sistema y sus defensores y representantes con más repudio. La dinámica anterior, convertida en un círculo vicioso, se llama polarización política y es la actual enfermedad de las sociedades democráticas de Occidente y las democracias en proceso de madurez, como México. Esta polarización solo lleva a la división de la sociedad y a un debate público marcado por el odio y el conflicto irreconciliable entre compatriotas, familiares y amigos. Es a lo que llegaron en Reino Unido con el Brexit, a lo que llegó Estados Unidos con la elección presidencial de 2016, Alemania en su elección federal del año pasado, y a lo que estamos llegando los mexicanos con el proceso electoral que atravesamos y sufrimos.

Más allá del nivel de las propuestas y de los candidatos, en nuestra sociedad estamos sufriendo una auténtica fractura de nuestro tejido social, ya de por sí debilitado por una guerra contra el crimen organizado, las crecientes pobreza y desigualdad y el cuestionamiento de nuestras instituciones gracias a la corrupción y la impunidad. Recapitulando, este debilitamiento ocasionó en un principio el resentimiento que llevó al posicionamiento del discurso antisistema, pero la polarización ocasionada por el conflicto entre el los defensores y los detractores del sistema, ha llevado a un nuevo y lamentable nivel en el resquebrajamiento de la cohesión de nuestra sociedad.

Al final del día, gane quien gane la elección, en una sociedad polarizada perdemos todos. Aunque gane un candidato favorable al sistema, el resentimiento social, los problemas que lo fomentaron y la polarización seguirán ahí al despertar. Asimismo, el sistema, ajeno a la rendición de cuentas gracias a una sociedad enfrentada consigo misma, no hace sino corromperse e ignorar las inquietudes de sus ciudadanos. Por otro lado, la Venezuela de hoy no se hizo por el caudillo, sino por la sociedad dividida que lo llevó al poder y, en su enfrentamiento interno ignora su papel de contrapeso al poder de su gobierno. Los caudillos, del color que sean, socialistas o republicanos, crecen con la división del pueblo que pretenden gobernar.

Todos perdemos cuando el detractor del sistema acusa a sus defensores o quienes confían aun en él de ser apologistas, “vendidos”, y demás descalificativos, y, caso inverso, cuando el defensor del establishment tilda al antisistema de oportunista, haragán, ignorante, y demás insultos. Peor aun es cuando se acusan mutuamente de tener determinadas posturas debido a su situación socioeconómica; denostarse por razones simplistas como ser pobre, de clase media o rico solamente alimenta el resentimiento que propulsa la polarización social y el resquebrajamiento de la sociedad, gane quien gane la elección.

En definitiva, el error del orden liberal y quienes comulgan con él es ignorar lo auténtico en el hecho que una persona prefiera lanzarse al vacío que seguir igual porque ya no tiene nada que perder. La clave ante el actual ambiente político y social en las democracias del mundo es reivindicar la empatía. Si bien es cierto que hay posturas inexcusables y completamente condenables (especialmente en casos en el extranjero), tenemos que partir, detractores y defensores, del supuesto que todos tenemos razones legítimas para confiar o desconfiar en el sistema. Solo así podremos abrir un debate público constructivo, basado en la reconciliación de la sociedad y en la reforma, más que en la prolongación o la destrucción del sistema. Todo esto sin perder de vista que juntos prevaleceremos, pero divididos, caemos todos.

Javier Martínez Mendoza es consultor en la agencia de comunicación política Central de Inteligencia Política, donde analiza el actual proceso electoral y la situación política del país ante los medios y la opinión pública. Se ha desempeñado en consultoría de estrategia económica y obtuvo el Premio Jacques Delors por su tesis sobre formación de identidades. Ha escrito capítulos sobre teoría de juegos y liberalismo en las Relaciones Internacionales, así como artículos sobre democracia, elecciones y movimientos extremistas. Pertenece al Programa de Jóvenes de COMEXI desde 2015.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Programa de Jóvenes COMEXI

El Programa de Jóvenes del COMEXI busca constituir una red de jóvenes líderes de México para debatir y analizar las relaciones internacionales del país, facilitando los vínculos profesionales, académicos, culturales, empresariales, de iniciativa social y de opinión, de una nueva generación. Este espacio es a título personal.

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