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El extraordinario placer del vacío, el silencio y la luz

Por: Delia Bolaños


En la inmensidad de megalópolis como la Ciudad de México, donde los ideales del urbanismo y el diseño han quedado ensombrecidos por el atiborramiento continuo de los complejos inmobiliarios y la sobrepoblación desmedida (que dicho sea de paso, ha dado origen al interminable caos cotidiano), los espacios vacíos han pasado a ser defectuosos e indeseables lugares que es necesario rellenar a más no poder. Así, la superficie en blanco parece haberse convertido en el enemigo número uno del habitar, del ser entre la arquitectura y la cotidianidad: entre más grande sea la extensión vacía, más penoso es el sentimiento de ausencia, carencia, escasez y privación y, por lo tanto, más desesperada y enfermiza la necesidad del tener que ocupar.

Foto: sdpnoticias.com
Foto: sdpnoticias.com

Muestra de ello son los hermosos complejos arquitectónicos (como lo son el Museo Soumaya de Polanco, el Museo de Arte Contemporáneo Rufino Tamayo, el Museo del Chocolate de Toluca, el Museo Nacional de Arte y el Nido de Quetzalcóatl en Naucalpan) que se ven ahogados en la distópica abundancia de anuncios espectaculares, plazas comerciales, conjuntos habitacionales, comercios informales, parques industriales o problemáticas viales (que conllevan la multiplicidad de señalamientos aparatosos y el desorden caótico del transporte público colectivo), que condicionan la percepción del mexicano hacia una errónea comprensión del urbanismo y la arquitectura, condenando al vacío a la nulidad y al desplazamiento como elemento primario en el orden del diseño.

Sin embargo, el vacío posee en el dibujo y el diseño arquitectónico el esencial papel protagónico que define el ambiente, la escena y el desarrollo de la vida cotidiana en el imaginario creativo del artista. De acuerdo con el arquitecto y diseñador francés Charles-Édouard Le Corbusier (1887-1965), “la arquitectura es una cuestión de arte, un fenómeno de emociones, que queda fuera y más allá de las cuestiones constructivas. El propósito de la construcción es mantener las cosas juntas y el de la arquitectura es el de deleitarnos [:] es el encuentro de la luz con la forma”[1].

El vacío tanto en el interior como en el exterior (porque es necesario mencionarlo, sin un correcto uso del espacio abierto, la perspectiva arquitectural en el entorno urbano se percibe como truncada, incompleta e imprecisa, dañando definitivamente la apreciación del complejo artístico), permite crear una imagen diferenciadora entre las plastas de la edificación prefabricada y la esencia de la obra de arte arquitectónica. De esta manera, con la vacuidad del entorno, viene la importancia del silencio y de la luz natural como elementos claves en la armonía arquitectural: un umbral entre lo meramente habitable y la concepción de un ámbito verdaderamente espiritual.

Para Alvar Aalto (1898-1976), arquitecto y urbanista finés, la arquitectura moderna no significa el uso de nuevos y sofisticados materiales de construcción, sino el utilizar los materiales existentes de una forma mucho más humana y orgánica, lo cual permita el armonioso y deseable desarrollo de lo cotidiano: un espectáculo para todos los sentidos, un espectáculo que contemple el vacío, el silencio y la luz como auténticos elementos de un espacio de vida pleno.

El silencio habita en los huecos del complejo arquitectural dando espacio a los ecos, los ritmos del ciclo natural del día y la vida cotidiana, las armonías de la música que cada cual elije para complementar su estilo particular del ser en el hábitat y la clara quietud del mismo.

“El arquitecto, por el ordenamiento de las formas, obtiene un orden que es una creación para el espíritu; por las formas, afecta intensamente [todos] nuestros sentidos provocando emociones plásticas; por las relaciones que crea, despierta en nosotros profundas resonancias”.[2]

La luz natural del sol (en complemento con los entornos lumínicos artificiales bien conjugados) por encima de la pesadez compleja de la oscuridad (que aunque en términos pictóricos tiende a aligerar las formas, las figuras y los ambientes) genera en los espacios concebidos en colores luminosos, un placentero espectro escultural que juega con las luces y las sombras de forma interesante e inteligente. El volumen, la forma y la superficie son elementos plásticos que sólo pueden ser moldeados, configurados y entendidos a través del uso estético de los distintos componentes lumínicos, lo cual significa una detallada y reflexiva selección de los materiales: maderas, concreto, metales, piedras, etc., cada cual conlleva un complejo entendimiento del esplendor del espectro lumínico.

La tríada arquitectónica antes descrita, querido lector, no sólo atañe a los grandes monumentos y construcciones colosales como lo son universidades, salas de concierto, complejos museísticos, edificios de gobierno o espacios escultóricos, sino además la casa habitación de cualquier persona. En suma, la comprensión de este fenómeno nos convida de un placentero y obligatorio ejercicio de higiene artística y arquitectónica: disfrutar del entorno sin importar su tamaño.

[1] Denèfle Sylvette, Bresson Sabina y Dussuet Annie, Habiter Le Corbusier : pratiques sociales et théorie architecturale, capítulo V : « L’architecte et les habitants », recurso digital en formato HTML disponible en http://books.openedition.org/pur/12490?lang=fr#text.

[2] Le Corbusier Charles-Édouard, Hacia la arquitectura, 1977, Ediciones Apóstrofe, Barcelona, España, p. XXIX.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Delia Bolaños

Maestra en Historia del Arte y Patrimonio por la Universidad de Burdeos y licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Especialista en arte moderno y contemporáneo, asesora de difusión y comunicación cultural y amante del arte urbano. Escritora de tanto en tanto, melómana, lectora empedernida y hermeneuta. Orgullosamente mexicana y apasionada ciudadana del mundo. Cazadora gastronómica y fotógrafa profesional.

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