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En defensa de la ideología

Por: Augusto Reynaud



Pensar es la base del quehacer político. Detrás de cualquier acto hay necesariamente ideas. Por eso no se puede hacer política sin tener ideología. Se puede, eso sí, hacer política mala con ideas torpes; política mediocre con ideas tibias, o política buena con ideas lúcidas.

No obstante, la ideología es hoy la gran ausente en nuestra contienda política. Nadie ofrece una articulación mínima de ideas consistentes, por encima de coyunturas cortoplacistas y mezquinas.

Hay quienes renuncian a definir una posición ideológica por cobardía disfrazada de pragmatismo. A nuestra clase política le aterra comprometerse con una idea o causa, porque quién sabe a cuál clientela no le vaya a gustar, cómo la retraten los medios o cuántos votos pueda costar.

“¿Qué tal que hoy digo esto y en unos años me lo recuerdan, cuando esté diciendo lo contrario?”. Hay una palabra para esta forma de hacer política: pusilánime.

Quizá si los políticos adoptaran la costumbre de defender ideas en las que realmente creen, encontrarían que son más los electores a quienes pueden inspirar y convencer, de los que van a ahuyentar. Hay otra palabra para esto: convicciones.

Foto: investigaction.net
Foto: proceso.com.mx

Otros, evaden las definiciones ideológicas por simple indigencia intelectual. No podrían hilar un par de conceptos aun queriendo. En su caso, probablemente debamos agradecerles que, al menos, no contribuyan a inundar el bazar de disparates y ocurrencias que ya es nuestro debate público.

En todo caso, el resultado es similar: partidos que dejan de tomar partido; militantes que defienden personas en lugar de causas; candidatos más preocupados porque un tuit “jale” o una infografía se vea bonita, que por articular una visión de país.

No debe sorprendernos, entonces, la crisis de confianza ciudadana que vive nuestro sistema de representación.

Los ciudadanos buscan en los partidos posiciones concretas de cara a los problemas de su vida cotidiana. Pero cuando la respuesta es la ambigüedad, el relativismo y la inconsistencia, ¿cómo no esperar que las personas se desencanten de la democracia, miren con recelo a las autoridades y rechacen la política?

En parte, existe la percepción de que la ideología es algo dogmático; o bien, una excentricidad etérea que sólo podría atraer a un pequeño grupo de intelectuales pretenciosos, y que poco tiene que ver con las necesidades de la realpolitik. Esta percepción es muy limitada.

Foto: investigaction.net
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La ideología tiene un sentido práctico: es la ventana mediante la cual un grupo político proyecta su visión, creencias, valores y propuestas. Cuando un político pide a los ciudadanos que lo acompañen, es mediante la ideología que le dice a dónde va, qué quiere y cómo piensa lograrlo.

El trabajo ideológico también tiene un sentido didáctico: ya sea un partido o movimiento, obliga a ordenar, reflexionar y articular sus posiciones; a contrastarlas con las de sus oponentes, a detonar un debate interno.

Finalmente, la ideología tiene un sentido aglutinador: le da identidad a un grupo; cohesión, sentido de pertenencia y de propósito a su militancia. La ideología inflama pasiones y mueve voluntades.

Si la política es la herramienta para transformar la realidad, como tanto les gusta decir a los candidatos, la ideología debe ser la guía que le dé rumbo de largo aliento y le imprima sentido social.

Tener ideología no es contrario a ser pragmático: es llenar las palabras de acción y la acción de significado; es hacer un maridaje virtuoso, inteligente y permanente entre las ideas y la práctica.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Augusto Reynaud

Internacionalista por El Colegio de México y maestro en Ciencia Política por la Universidad de Tel Aviv. Se ha desempeñado como consultor privado y funcionario público en el Gobierno de la República.

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