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Haciendo el amor con las palabras

Por: Emma Rubio


“Para este fin se dio al hombre el más peligroso de los bienes: el lenguaje, para que dé testimonio de lo que él es”

Friedrich Hölderlin

A cuento del día en que se lleva a cabo la celebración del amor y la amistad; acontecimiento que me parece por demás cliché y un claro ejemplo de la lógica de consumo. Considero que es necesario rescatar la noción de amor de las entrañas del consumismo exacerbado y de la banalidad con la que se hace uso y mención del mismo. No pretendo hacer una genealogía del concepto sino simplemente hablar de un acto que nos hace comprender al amor en su más pura manifestación, este acto es el hecho de escribir. Ese sitio en donde deseo y placer se unen, se convocan de modo que logran resurgir a la palabra. Una palabra que en si misma trae permeado el goce, el deleite de quien la escribe, de quien la dona al otro para que escuche el murmullo del texto como esa espuma –dice Barthes– del lenguaje que se forma bajo el efecto de una simple necesidad por escribir.

FOTO: newyorker.com
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Escribir resulta entonces una especie de donación al otro; al que nos lee y trata de comprender lo que ha quedado testificado en forma de palabra. Es un juego de seducción con el otro, no de dialéctica sino de seducción misma que es invocada por la palabra, pues ella -la palabra- en sí misma existe. Es el sentido el que hace que uno se la adueñe por instantes, tan sólo por instantes porque una vez pronunciada ya no nos pertenece, se da, se concede y a la vez es efímero el ofrendar de ésta.

Ya lo dice el pensador francés, no se puede escribir lo que no se leerá, el placer es justo lo que hace de un texto un gran relato; el placer, consiste en hacer de un encuentro algo sublime, algo inolvidable por muy efímero que sea el encuentro con la palabra. Es muy similar al acto de estar enamorado cuando uno se coloca frente a la página en blanco, se pone uno en lo que diría Barthes “La escenificación de la espera” sí, cuando uno está enamorado se vuelve uno loco por esperar a ese otro de quien estamos deseosos. Tejiéndose de algún modo interdicciones casi invisibles que desentierran de lo más entrañable de uno mismo, lo inconfesable. Surgiendo de algún modo la angustia que nos lleva a la creación delirante, tan delirante como el entregarse al otro. Sin más preámbulo, surge la palabra dejando tan sólo el recuerdo de la página en blanco y de pronto, se vive una especie de rapto, un rapto amoroso, hipnótico que da origen al “acontecimiento”. Una especie de hierofanía en la cual se relata lo sagrado de uno mismo.

Es esto quizás el sentido del goce en el texto, un sentido que nos lleva al hechizo mismo de lo que es la escritura, a la existencia escrita no sólo de quien lo escribe sino de quien lo lee y comprende. Es una apropiación mutua del acontecimiento sin que le pertenezca a ninguno. Es como el encuentro íntimo entre dos seres, se unen, se funden y al final, se goza; el goce es mutuo y efímero en donde tan sólo nos queda el recuerdo del instante inviolable, sublime, inolvidable. Un instante que se queda en la memoria de quien lo vivió.

Así es la magia de la palabra, no es uno quien la posee o la domina, es ella quien elige ser pronunciada y hacer sentir “Nada hay donde falta la palabra” ya lo decía en una de sus sentencias el gran poeta Hölderlin, y en efecto, nada hay porque hasta el silencio es palabra. De ahí, que el escribir no sea una cuestión tan sólo de conocimiento gramatical o de experiencia al hacerlo; sino también es la perpetuación de este juego de develamientos y prohibiciones que se gestan en la estructura del texto. Es encontrar el modo de burlar lo obsceno, de hacer que se genere el sentimiento y no tan sólo la pantalla de éste. Es ir más allá de la presencia de la palabra, es descubrir, indagar y comprender su sentido más íntimo, tal como lo hacemos con la pareja.

El ponerse frente a un texto, es ponerse de cara a un mundo lleno de símbolos y sentidos y también de experiencias y sin sabores de la vida, ahora recuerdo un verso de César Vallejo, una frase tan corta pero tan profunda: “Hay dolores que se asemejan a la furia de Dios”. Es esto lo que hace de la acción de escribir, un acto sublime, un acto amoroso en donde lo que importa es lo que hay dentro de uno mismo, eso que damos al otro cuando le queremos pertenecer aunque sea por instantes. Los textos tienen sexo, sí, han leído bien, escribir puede ser sublime pero leer aún más. ¿Cómo descubrir el sexo de un texto? fácil, haciendo el amor con él, cada párrafo es como un susurro que estremece y te lleva a una serie de sensaciones que se instalan en el estómago. Emociones que te excitan al grado de desear más y más letras. Un libro nunca es suficiente porque en cada texto hay signos de puntuación entrelazados los cuales, van marcando el sentido del texto. Hacer el amor con un texto, implica que se sabe acariciar cada letra, se sabe respetar cada coma y cada punto pues de lo contrario, podemos parecer obscenos y nada hay peor que la obscenidad con un texto.

¿Es importante el contenido de un texto? obviamente si. Un texto no puede ser superfluo para ser digno de amarse, todo texto que desee ser amado, deberá convocar a la profundidad del ser. Deberá describir la condición humana, de tal modo que te lleve a lo más auténtico del ser. Un buen texto es una obra de arte y como decía mi amado Oscar Wilde, ningún arte es para criticarse pero si (y esto lo digo yo) para amarse.

He decidido hacer el amor con los mejores textos, porque éstos transmiten de modo viral conocimiento. Amo cuando cada caricia que surge de algún párrafo, se convierte en idea y por tanto en un pensamiento. Hacer el amor con los textos, es abrirse hacia la creación de un pensamiento. Es este el fruto que resurge de la relación erótica con las palabras, puesto que no hay más compromiso en la vida; que la crianza del libro escrito por uno mismo. No hay más y mejor sabiduría que la que te otorga el orgasmo del conocimiento. Ya lo decía Walter Benjamín: “En las esferas de que nos ocupamos, el conocimiento, sólo se produce en fulguraciones. El texto es el trueno que retumba mucho después”.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Emma Rubio

Nacida en la CDMX pero hace años que no la habita. Filósofa de formación con especialidad en Hermenéutica. Maestría en Educación especializada en Teoría crítica. Es amante de la música clásica y del heavy metal así como gran admiradora del arte en general. Lleva más de 14 años impartiendo diversos cursos y tratando de transformar vidas comenzando con la propia. Su trabajo más trascendente ha sido: Existir.

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