El principio del tiempo / Opinólogía / Homenaje al silencio

Homenaje al silencio

Por: Javier Caballero



Es tal vez, la casa más callada de la colonia. No tanto por su aislamiento como por la quietud de sus líneas. Aquí no tenemos opción; nuestro papel de arquitectxs hegemónicos educados en la tradición académica funcionalista -en México no existen otra opción-, nos hace escuchar el débil susurro que emana de su fachada ciega. Volteamos. Todo el tiempo volteamos, porque sin duda -en su contexto- es la única que tiene algo importante que decir. Y nosotrxs, pues estamos entrenados para escuchar. Así que un día, por mero azar, fuimos encargados para intervenirla; para modificar su calma y trastocar la idea de un arquitecto hecho de silencio; porque su casa (hemos de aclarar que se trataba de su propia casa) fue la materialización de su propio mutismo.

Foto: Javier Caballero
Foto: Javier Caballero

Transformar líneas tan puras, tan definitivas y tan sugerentes no era de entrada motivo de celebración; por el contrario, el silencio siempre impone, intimida y muchas veces paraliza, así que el encargo se convirtió en una enorme responsabilidad. Desde luego, desconocíamos qué había adentro, cómo se producía el espacio, cómo se materializaba; de qué forma la luz entraba y cómo vacilaba la mirada. Cruzamos la puerta y la doble altura del vestíbulo-estancia fue suficiente para saber que ahí, en ese espacio, había habitado un artista entusiasmado con ser arquitecto. Sin duda, se trataba de una casa única, porque más que realizada con el objetivo de hacerla estallar bajo la estridencia de la presuntuosidad, se hizo con sensibilidad y cuidado; casi con la inseguridad y el placer que brota del artista neófito, del mismo que sueña un día con ser visto, y desde ahí, mirar su obra hecha realidad.

Se trata sin duda de una actitud inusual, pues lo común es sustituir la perplejidad por la lamentable soberbia profesional, así que esa puerilidad compositiva, esa inocencia alegre, es un rasgo por demás virtuoso en un medio hostil y violento. Pero nuestro arquitecto -que llamaremos M- mantuvo esa fragilidad, ese trazo tembloroso y dubitativo que llevado al extremo del oficio logró convertirse en una línea simple. Con ella, jugó, transitó, repaso y transformó el pedazo de territorio que le perteneció en algún momento al pedregal que la sostiene; una línea que se pregunta si puede quedarse.

Sin duda, la calidad del espacio, de la luz y del silencio fueron los responsables de generar esa maravillosa atmósfera trémula y transparente, y de sustraernos de eso que los pesimistas han llamado “realidad”. Nuestra sorpresa no fue menor cuando vimos, que, como adolescente entusiasmado con sus adoraciones estelares, los libros de arquitectura formaban parte de la decoración; las sillas de colección que rodeaban la sala y en las que no pudimos evitar imaginarlo sentado leyendo Cuando las catedrales eran blancas. Ahí estaba la silla Barcelona de Mies, la Wassily de Bruno Breuer, las puertas barraganianas y el patio-terraza tan predicado por Le Corbusier. Todo el sistema de objetos era un homenaje a la tradición arquitectónica del Estilo Internacional y de la arquitectura Emocional mexicana que han sido subsumidas por un posmodernismo virulento y confuso.

Imagen: Javier Caballero
Imagen: Javier Caballero

No lo lamentamos, pero de alguna manera la nostalgia se nos cuela. ¿Por qué modificar todo esto? ¿Por qué transformar un espacio que en sí mismo tiene un alto valor espacial? ¿Cómo hacerlo? Se trataba de aumentar dos recámaras más: una hacia el patio trasero, la otra hacia la fachada frontal, justo sobre ese espacio-silencio resuelto en tres líneas y dos ejes de composición, y sin ninguna ventana hacia el exterior. La pregunta nos comenzó a rondar, sobre todo después de que hicimos los primeros bocetos: ¿Por qué cerrar la fachada? ¿Por qué no mirar la calle, los árboles o el cielo del atardecer? ¿Hay algo que esconder? O tal vez, el mundo interior era tan vasto que no hacía falta mirar. ¿Es justo hacer una fachada que desestime su propia visión? ¿Hemos de usar el cristal, la madera o la cantera para perturbar o resignificar lo que queda de esa línea ingenua? No. Definitivamente no. Decidimos continuarla, trazar un muro recto con un pequeño cuadrado en la parte lateral (imagen 2); decidimos que siguiera el silencio, el espacio en blanco y la línea fugaz. Sin embargo, supimos inmediatamente después de ver la propuesta, que de cualquier forma la permanencia quedaba desestabilizada. La composición perfecta -se nos repitió hasta el cansancio en la tiránica academia arquitectónica- implica no poder mover ni uno sólo de sus componentes. Así que desde esta perspectiva no hay solución.

Tan sólo nos queda esperar que el arquitecto no despierte de su sueño eterno. No hicimos más, o tal vez, no lo quisimos hacer. Nos pareció sabio callar ante el silencio formidable que brota de la materia dispuesta, lábil y transitoria de una vivienda arrojada a su suerte en un mar de despótico desarrollo inmobiliario. En efecto esperamos, de verdad, haberle rendido homenaje a un arquitecto del que no sabemos ni siquiera su nombre; esperamos haber comprendido, su propio silencio.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Javier Caballero

Es maestro en arquitectura por el Posgrado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México. Profesor de historia y teoría arquitectónica, se ha especializado en los estudios decoloniales que cruzan la historia del arte, la historia de la arquitectura, el urbanismo y el patrimonio cultural.

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