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La “arquitectura” en Blade Runner 2049

Por: Javier Caballero



Todo relato de ciencia ficción, ya sea literario o cinematográfico, que intenta construir y producir un mundo futuro, o bien, describir un sentir y un pensar alternativo a nuestra realidad, acaba por reproducir mejor su propio tiempo que aquel que pretende crear. El futuro, como categoría de tiempo, es más un recipiente de los deseos presentes que un proyecto por construir. Ello significa que en realidad planificamos y moldeamos el futuro por una necesidad urgente, que por un ideal que seguramente se transformará en el proceso.

En este sentido, tal vez no haya forma más interesante de acercarse a la comprensión de nuestra época que estudiando sus relatos prospectivos y su diversidad expresiva; las producciones artísticas que manifiestan el deseo de lo que se quiere ser, porque en el fondo acaba por manifestarse lo que se es.

Foto: elcadillacnegro.com
Foto: elcadillacnegro.com

Sin dudarlo, la narrativa arquitectónica forma parte de ese repertorio discursivo que ha proyectado y pensado la utopía futurista, fundamentalmente porque el espacio construido es al final producto y productor de lo que como sociedad e individuos vamos siendo. Vivir en el artificio de la urbe despliega socialidades completamente diferentes de las que se gestaban en el espacio rural o en el espacio natural, así que pierde sentido construir un relato futurista sin construir o cuando menos esbozar, la espacialidad edificada que soporta la historia.

En Blade Runner 2049, la apuesta es por la disolución de aquello que hemos denominado arquitectura[1]. Es desde luego, un reflejo de lo que hoy estamos produciendo espacialmente; de la idea que hoy tenemos de la relación campo-ciudad y del sueño tecnológico que el espacio materializa. Desde el comienzo, queda expuesto que se trata de un planeta-ciudad en el que la naturaleza ha desaparecido; como si la batalla que el renacimiento italiano le declaró a la naturaleza finalmente hubiera quedado saldada. Los únicos vestigios que quedan son un árbol muerto sostenido por cuerdas, una catarina fugaz, y una plétora de tejidos transgénicos que producen formas de vida tan caprichosas como el propio deseo humano.

En efecto, la arquitectura, utilizada como el manifiesto de una cosmovisión dicotómica, ha quedado eliminada justo porque sin naturaleza pierde su sentido original: materializar en el espacio el antropocentrismo de la modernidad capitalista; trazar las fronteras que nos separa de la naturaleza salvaje para manifestar que el ser humano es una creación suprema, “civilizada”.

Foto: elcadillacnegro.com
Foto: elcadillacnegro.com

Así que una vez que se ha configurado un espacio total sin exterior, una vez eliminada la irracionalidad natural y las formas de vida salvajes, el dominio y la ilimitada crueldad humana se vierte ahora sobre las criaturas artificiales que comienzan a preguntarse el sentido de su propia existencia.[2] El espacio de nuestras ciudades lo demuestra: no importa si se es racional o irracional, la “razón” humana está diseñada para destruir.

En esta dirección, también se nos presenta la ciudad de Los Ángeles, una expresión acabada de la distopía posmoderna en la que la memoria se ha convertido en metáfora de la resistencia; no existe el edificio histórico, el memorial o el monumento, lo que hay, son espacios de consumo en los que la memoria no viene al caso. Recordemos que el proyecto moderno decidió producir un discurso a modo llamado “patrimonio histórico”, que, si bien hoy es una mercancía más, también evita que el proceso de modernización devaste su legitimación.

Así, los recuerdos se disuelven en un entorno que no los puede retener. Pensemos en la casa de Sapper Morton, el Nexus que cosecha ajo para sí mismo (como si este último fuera también un fragmento de memoria) y que posee una casa sin fotografías, sin muebles, sin libros ni objetos, es decir, sin memoria. Lo mismo ocurre con la casa-mausoleo de Niander Wallace, cuyo espacio vacío es únicamente adornado por la sombra de constantes ondulaciones acuosas (¿es la naturaleza un recuerdo, una sombra de lo que fue?). Espacios sin memoria que pretenden hacer del presente un estadio perenne.

También está la fábrica en la que trabajan miles de niños-esclavos (algo que ni por error es una ficción) que es un espacio-basurero y los fragmentos de ciudad en la que vive Deckard (en clara alusión a la decadencia urbana de Las Vegas, ciudad posmoderna por antonomasia); un conjunto que no es más que el reflejo de la espacialidad difusa del entorno urbano que nos envuelve y asfixia en la actualidad, de una espacialidad que parece resolverse en la destrucción natural e inclinarse por constituirse en y a través de las formas de vida no-humanas.

El espacio presentado en esta impresionante secuela es una invitación para reflexionar lo que estamos haciendo con éste, con nuestro cuerpo y con aquello que hemos dejado de sentir. Es cierto; la arquitectura como mapa de localización hiper-racional tiene que desaparecer, pero no a costa de la destrucción de la naturaleza, sino a partir del proyecto colectivo que pronto tenemos que construir.

[1] Debemos recordar que la arquitectura es una expresión europea que tiene como base la articulación, contradicción y estabilización de las oposiciones binarias, y la guerra que le declaró este proyecto civilizatorio a la naturaleza y a las formas sociales integradas a ésta. En este sentido, podemos afirmar que la civilizaciones no europeas no produjeron “arquitectura”, sino espacialidades que parten de lógicas muy diferentes a la que actualmente se enseña en las universidades occidentales; en todo caso, parten de un entorno que no es entendido como materia de dominio o de transformación, sino de integración, por lo que sus producciones intentan fundirse con la naturaleza intentando no violentarla o dominarla como lo plantea el fundamento epistémico arquitectónico eurocéntrico.

[2] Impresionante final en el que K. (Joe) se recuesta sobre una escalera (espacio simbólico de ascensión) y decide simplemente mirar el cielo para “sentir” la nieve caer. ¿Qué significa ser humano? Esta es la pregunta trascendental que Joe parece responder con el artificio del silencio.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Javier Caballero

Es maestro en arquitectura por el Posgrado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México. Profesor de historia y teoría arquitectónica, se ha especializado en los estudios decoloniales que cruzan la historia del arte, la historia de la arquitectura, el urbanismo y el patrimonio cultural.

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