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¿La corrupción es cultural?

Por Benjamín Hill

Un cerrado y hasta cierto punto inútil debate sobre la dimensión cultural de la corrupción se ha dado en México en el que se discute sobre si los problemas de corrupción que tenemos son parte de nuestra cultura o no lo es.

Quienes han propuesto un origen cultural de la corrupción se han encontrado con la crítica de aquellos que no solamente no ven en la corrupción una raíz cultural, sino que aprecian en las teorías culturalistas de la corrupción una forma de justificarla.

Foto: blogspot.com

 

Este debate, alimentado en su ardor por las membresías políticas que quienes sostienen una u otra posición, no ayuda en nada para buscar en la reflexión crítica un punto de encuentro para atacar a un enemigo común que, no se nos olvide, es la corrupción.

Y es que la respuesta a la pregunta que da título a este artículo tiene que ver más bien con qué entendemos por cultura. Si por cultura entendemos el gran edificio que se levanta gracias a la construcción intelectual de conocimientos, arte, ciencia, e historia política que han hecho los mexicanos durante siglos, de la que todos formamos parte por ser mexicanos y del que nuestro carácter, idiosincrasias, costumbres y maneras específicas de el “ser” mexicano encuentran su manantial, podemos descartar que la corrupción sea parte de esa cultura.

Está claro que ni la corrupción, ni la esclavitud, ni la violencia, ni otros vicios sociales o antiguas costumbres que ahora consideraríamos intolerables como la discriminación a las mujeres, forman parte de esa noble construcción que integran nuestras tradiciones, folklores, arte, historia y ese largo etcétera que hace de México un gigante cultural, un amplio y feliz abanico de diversidad, alegría y profundidad de alma que a todos nos llena de orgullo.

Foto: revistaforward.com.mx

 

Pero si nos damos la oportunidad de definir como cultura aquellos hábitos que por repetición se asumen como reglas sociales; si la reproducción de acciones específicas que pueden o no tener una explicación o justificación razonable o histórica son también parte de una cultura o moral social que está en constante transformación, tendríamos que admitir que la corrupción en México se ha vuelto cultural.

Esa cultura de la corrupción, si así le podemos llamar, tiene una existencia material y evidente. Sabemos que hay trámites, procesos o interacciones entre entes públicos y privados en donde la corrupción es la regla no escrita pero definitiva; que hay ámbitos de la vida pública donde la ley se dobla y se rompe a discreción; en donde el Estado de derecho se ha convertido en un sainete de simulaciones y verdades disfrazadas. Y si es que no podemos llamarle cultura a eso habría que encontrarle otro nombre parecido.

La corrupción no es pues, parte de nuestro acervo cultural, de nuestras tradiciones, de lo que nos hace ser específicamente mexicanos; no obstante, si queremos identificar adecuadamente la dimensión del problema es importante que tomemos en cuenta que sí hay una cultura de la corrupción, que si bien no es específica a la naturaleza íntima del “ser” mexicano, existe y se conforma de costumbres y prácticas corruptas que se han logrado reproducir y establecer en el ámbito público y social.

Foto: noticiasnet.mx

 

Sabemos que muchas acciones deshonestas tienen un origen racional, emocional y de empatía; que la manera en la que se “enmarcan” las decisiones o situaciones nos hacen más proclives a cometer delitos; que algunas acciones deshonestas de hecho están motivadas por sentimientos nobles o positivos, como la lealtad de grupo, el altruismo, el deseo de compensar una injusticia, etc., y que las acciones deshonestas tienen la capacidad de reproducirse, de volverse costumbre, de convertirse en una suerte de cultura.

Una forma constructiva de superar este debate es evitar detenernos en los adjetivos y analizar precisamente aquellos procesos, costumbres y acciones de impacto público en las que existe un mayor riesgo de que se presenten actos de corrupción, abuso de autoridad, conflicto de interés y en suma, en donde la integridad pública se encuentre comprometida. Es también ver en esas conductas una cultura o subcultura que es posible y necesario controlar y cambiar.

Acerca de Benjamín Hill

Nació en Hermosillo, Sonora, es licenciado en Ciencia Política del ITAM; Maestro en Administración Pública en Harvard. Ha sido Jefe de la Unidad de Políticas de Transparencia y Secretario Ejecutivo de la Comisión Intersecretarial para la Transparencia en la SFP y Jefe de la Unidad de Evaluación del Desempeño de la SHCP. Recientemente fue consultor del BID y también consultor independiente en temas presupuestarios, transparencia y evaluación. Actualmente es el Jefe de la Unidad Especializada en Ética y Prevención de Conflictos de Interés de la Secretaría de la Función Pública.

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