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La desilusión democrática

Por: Carlos López Kramsky



La democracia en México está atravesando una profunda crisis que se manifiesta en todos los rincones del constructo. Hay que reconocer que estas dificultades hoy rayan en decepción y que ésta impacta de manera negativa en los procesos de construcción de ciudadanía y de fortalecimiento y legitimación del Estado y del gobierno. Nada hay peor para un gobierno que estar en la zona oscura de la falta de legitimidad.

Foto: rpp.pe
Foto: rpp.pe

México añoró durante más de siete décadas la posibilidad de llegar a un estado democrático en el que las libertades civiles y la deliberación colectiva nos catapultaran hacia el desarrollo. Las promesas de democratización del país se habían quedado en eso, en promesas, a pesar de haber sufrido una revolución que pendía de los dichos recogidos por James Creelman en aquella célebre entrevista con Porfirio Díaz.

Más de 70 años después del término de la Revolución, México volteó hacia la democracia como recordando que en el origen siempre estuvo presente ese ideario, pero que olvidamos por fortalecer una burocracia estable, un gobierno permanente y una paz social a costa de libertades políticas. El costo de esas siete décadas fue muy alto para la democracia, pero también tuvo superávits en otros rubros, hay que admitirlo. A finales de la década de los 80 y durante la de los 90, el país se convulsionó y, como el agua represada que tarde o temprano rompe los diques, México volvió a su camino original y en el año 2000 cristalizó un largo anhelo: sacar al PRI de Los Pinos y, con ello, se consumó la meta de contar con una democracia procedimental plena.

Inició entonces el periodo de la transición democrática que levantó altas expectativas en la población y que, como lo ha demostrado la historia, decepcionó rotundamente. La frustración que esta transición democrática ha causado tiene varios motivos que sería imposible tratar en este breve espacio, pero hay algunas aristas que son fundamentales para entender este proceso que tiene un cénit con el triunfo de Vicente Fox y un paulatino declive hasta su nadir en lo que será la elección de julio de 2018.

En primer lugar hay que apuntar a que el proceso de transición democrática nunca concluyó. Dimos por hecho que llegando un nuevo partido político a la Presidencia de la República la dinámica política cambiaría y que los balances, pesos y contrapesos se corregirían automáticamente. No sucedió así. La historia nos demostró que hacía falta mucho más para verdaderamente transitar a un modelo deliberativo. Debimos haber iniciado un proceso formal de transición a la democracia que le diera la importancia que merece, estableciendo procesos de metamorfosis profunda. No fue así.

En segundo lugar hay que advertir que nos conformamos con la mera democracia procedimental, es decir, con la certeza de que podíamos votar libremente y que dichos votos tendrían efecto para elegir a uno u otro color de político que nos representara. Nunca se pusieron los cimientos para diseñar y hacer realidad una democracia sustantiva, que atendiera a procesos profundos de cambio educativo, social, que erradicara la marginación y la pobreza, que construyera capacidades, que facilitara el crecimiento económico y el desarrollo. Nos satisfizo cambiar de nombre a los programas ya existentes y modificar el color de sus logos. Al final, el efecto no deseado fue que eligiendo al partido que sea, las cosas cambian para no cambiar.

Finalmente, y esto es tal vez el pecado más grande de esta generación, nunca nos pusimos de acuerdo sobre qué queríamos de nuestro modelo democrático y no levantamos un ideario democrático que nos guiara hacia buen puerto. La democracia no es destino, es un permanente andar.

De este modo es fácil entender por qué hoy estamos en medio de un proceso electoral en el que no se elige nada nuevo, en el que no hay opciones, en el que no hay idea de futuro. Reflexionemos.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Carlos López Kramsky

Abogado, Maestro en Derecho Constitucional y Doctor en Derecho por la Universidad Marista, Campus Ciudad de México; tiene estudios de maestría en Derechos Humanos y Democracia por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO); diplomado en Análisis Político por la Universidad Iberoamericana y en Diversidad Cultural, Políticas Públicas y Derechos de los Pueblos Originarios de México, por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Ha sido catedrático en diversas universidades, asesor legislativo y servidor público en el Gobierno Federal.

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