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La espacialidad liminal guadalupana

Por: Javier Caballero



La intolerancia religiosa mostrada en las redes sociales por la clase media “estudiada” este 12 de diciembre, confirma una vez más, la profunda herida que tiene esta tierra. No conformes con los privilegios de clase que les otorga un sistema y una herencia histórica injusta y por demás desigual, dirigen sus fusiles argumentativos contra un ritual y un ethos que desconocen por completo. Y peor aún, lo hacen desde la soberbia racionalidad eurocéntrica que al final no es más que otra imposición cultural.

La colonialidad del saber les ha hecho creer que existen racionalidades superiores a otras, que unas tienen mayor valor y que sólo algunas están autorizadas para ser verdaderas. A las otras, a las “inferiores”, se les niega tal categoría y se les invisibiliza para que simplemente dejen de existir. Los salones de clase de todo nuestro sistema educativo, desde primaria hasta posgrado, está inmerso en este esquema ideológico que construye de manera dogmática el conocimiento y los saberes aprobados por las academias europeas y los centros de poder; así, la racionalidad científica se reconoce como una supuesta racionalidad superior a la religiosa, a la esotérica, a la mágica o a la emocional, que no por casualidad son propias de los sistemas culturales colonizados.

Foto: blog.pontifex.university
Foto: blog.pontifex.university

En efecto, acusar a los creyentes guadalupanos de ignorancia, sumisión o irracionalidad, es sólo una proyección dolorosa construida desde los paradigmas epistémicos colonialistas que intentan negar la profunda resistencia de un pueblo sometido a la modernidad capitalista; de un pueblo que ha sido en su conjunto oprimido, saqueado y despojado de su territorio, de sus recursos e incluso, de su propia cultura. Y todo con la anuencia de una clase media por demás servil, que se mire por donde se mire, se refleja deforme en el espejo de la banalidad burguesa.

Como sea, el rito guadalupano, es el primer acto de resistencia política de esta tierra; un acto que se basa en la transformación y resignificación de una imposición que no dejaba alternativa alguna; un acto constitutivo que terminó sometiendo a los españoles a tolerar un culto distinto, un culto otro, que, como dirá Bolívar Echeverría, no se atreve a llamarlo por su nombre o al menos, no le conviene hacerlo.

Aún a la fecha, la virgen de Guadalupe, siendo una diosa que niega por sí misma la síntesis monoteísta, no es querida en las altas esferas de la institución católica. Su adoración, marca el inicio de un ritual propio en un mundo en el que el “cristianismo puro, castizo u ortodoxo, resultaba incompatible con la vida real de los indios” (Echeverría, 2007); un ritual, que siendo en principio sólo un acto de sobrevivencia terminó consolidándose como un acto de rebeldía y de esperanza dentro de un sistema voraz que no detiene su marcha.

Así que Nonantzin, una vez desterrada del cerro del Tepeyac, resurgirá en la figura de Guadalupe como una nueva diosa que contenía en sí misma la esperanza de volver a ver la la tierra, el cielo y a su gente, libres del yugo colonial. Esta transformación o reconstitución de la deidad, que es en realidad la metáfora perfecta de nuestra América, es la base de la performatividad que desarrollan los creyentes guadalupanos.

A manera de ritual, reproducen esta metamorfosis reconfigurando una vez al año el espacio de la ciudad, produciéndolo, enunciándolo. El peregrinaje, no es una simple marcha, sino la forma de reproducir un espacio de transición que suspende las significaciones vertidas sobre el espacio fijo, sobre las estructuras formales, sobre los edificios y los espacios modelados y planificados para definir lo que debe ser el comportamiento y la identidad “global”. Así que ese andar, ese lento transitar, es el acto que realiza dicha mutación y que revela silenciosa la inconformidad de nuestra gente.

Decía Michel de Certeau que “caminar define un espacio de enunciación”, así que mientras los peregrinos caminan, es decir, mientras enuncian el espacio que recorren, reproducen una liminalidad que imita esa otra espacialidad abstracta (también liminal) en la que habita la “madre nuestra”. Recordemos que, en la escala de lo celestial, María es mucho más cercana al Dios Padre que yace en el misterio de lo impenetrable; la madre de Dios posee un nicho en la transitoriedad divina que la vuelve parte de la condición del indígena conquistado.

En consecuencia, la reproducción de este descentramiento del panteón cristiano que coloca a la Virgen “temporalmente” en el centro y que de tanto hacerlo paradójicamente la convirtió en la deidad principal (Echeverría, 2007), será puesto en la práctica espacial que produce el creyente guadalupano en su recorrido cada fin de año; un camino que posee la belleza de representar el acto emancipatorio más potente y auténtico que sigue vigente en esta geografía: la acción de subversión que refirma la identidad de un pueblo que deberá prescindir, tarde o temprano, de las mentes colonizadas y sumergidas en la vanidad de su propia ignorancia.

Referencia

Echeverría, Bolívar (2007) Meditaciones sobre el barroquismo. Ponencia presentada en el coloquio Moving Worlds of the Baroque, University of Toronto.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Javier Caballero

Es maestro en arquitectura por el Posgrado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México. Profesor de historia y teoría arquitectónica, se ha especializado en los estudios decoloniales que cruzan la historia del arte, la historia de la arquitectura, el urbanismo y el patrimonio cultural.

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