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La ritualización del tiempo y las cosas (una reflexión para el año nuevo)

Por Aramis Kinciño

Los humanos somos amantes de lo simbólico, seres que gustan –y a caso necesitan– de los rituales.

Una de las cosas que los humanos ritualizamos es el tiempo. Por ejemplo, el inicio del año el uno de enero es, objetivamente, una fecha completamente arbitraria: nada hace que ese día sea más o menos especial que los que le han precedido o los que le seguirán mientras este mundo exista. Sin embargo, la calendarización que hemos hecho del tiempo crea un ritual poderoso al marcar el cierre y la apertura simbólica de un ciclo.

Bordando el manto terrestre

Generalmente los rituales no tienen una función práctica de suyo, sino que buscan generar en las personas un estado de mayor predisposición para ejecutar un acto, creando una atmósfera propicia para la reflexión, la motivación y la acción.

Muchos rituales son procesos elaborados (como la misa católica), pero pueden ser también sencillos. El simple hecho de tener conciencia que determinado día ­«empieza» un «nuevo» año es suficientemente poderoso para que millones de personas, de manera espontánea y genuina, hagan un corte personal en su vida y se preparen mentalmente para «abrir» una etapa. De ahí, por ejemplo, la tradición de hacer propósitos, o los pequeños rituales privados que mucha gente hace para «cerrar» el ciclo: comprar una nueva agenda, cortarse el cabello, estrenar ropa, etc.

De manera crítica se podría decir que la tendencia ritual del humano es el resabio de un pasado supersticioso y poco racional; después de todo, con suficiente voluntad cualquier día, hora y contexto es bueno para cambiar aspectos negativos o iniciar nuevos proyectos.

Y en efecto, si uno supone que el acto ritual por sí mismo resolverá problemas o generará éxito, probablemente se llevará una –merecida– decepción. Más aún, en el extremo encontramos algunas prácticas rituales con un componente de violencia, auto-infringida o dirigida contra otros, que deben ser totalmente rechazadas.

No obstante, cuando el ritual es usado no como un fin en sí, sino como un catalizador emocional y psicológico, éste puede resultar un recurso racional y útil. Michael Norton y Francesca Rino, de la Universidad de Harvard, han encontrado mediante experimentos con grupos de control que los rituales de duelo ayudan a las personas que han sufrido una pérdida, y también incrementan la intensidad de sucesos cotidianos, como disfrutar la comida. El ritual, de acuerdo a estos investigadores, provee una sensación de mayor control ante las circunstancias e involucra a las personas en las experiencias que viven, haciendo que éstas sean más plenas y significativas.

Asimismo, se ha documentado que el uso de rituales está correlacionado con el éxito en lograr algunos objetivos como dejar de fumar. La evidencia sugiere que las personas suelen lograr mejores resultados en la medida que el ritual sea más elaborado y se siga con mayor disciplina, lo cual parecería indicar que éste actúa como una mecanismo que ayuda a fortalecer la voluntad, una autosugestión controlada, si se quiere.

En este sentido Eliphas Levy, una interesante figura del siglo XIX, decía que si un campesino practica el ritual de levantarse todos los días muy temprano y a la misma hora a recorrer un largo camino para recoger una brizna de la misma hierba en el mismo lugar, éste hombre podrá obrar grandes prodigios con ese objeto. No porque la hierba se haga mágica, sino porque –simbólicamente– estaría cargada con el poder de su voluntad disciplinada.

Vista inesperada

El fenómeno ritual tiene en buena medida un origen religioso. En el judaísmo, por ejemplo, el primer precepto que Dios da a los israelitas como pueblo es iniciar un nuevo calendario lunar que marcaría su liberación de Egipto; y en efecto, el ritual sirve en las diversas tradiciones espirituales como una forma de crear tiempos y espacios sagrados, como lo ha analizado ampliamente Mircea Eliade, uno de los más destacados historiadores de las religiones.

Sin embargo, la función ritual de dotar de significado el tiempo, el espacio, y en general las diversas facetas de la vida no es exclusiva de la experiencia religiosa. La toma de posesión de un presidente, por ejemplo, es una forma de consagrar mediante un acto simbólico el cambio de poder, mientras que la celebración de la independencia nacional rememora un momento fundacional de identidad compartida, así como la ceremonias de graduación oficializan ritualmente al estudiante con su nuevo estatus.

Encontramos así prácticas de iniciación en grupos de todo tipo (clubes, fraternidades universitarias, etc.), la costumbre de portar una prenda u objeto que recuerda un compromiso o a alguna persona, oír una determinada canción en una situación de estrés, o hacer una serie de cosas específicas antes de dormir. Todos ejemplos de rituales.

La tendencia a practicar rituales, algunas veces comunitarios, otras de forma personal, es un fenómeno que, los antropólogos han encontrado, se encuentra presente en todas las culturas, si bien en las sociedades modernas el ritual, como acto consiente, es escaso fuera de los entornos religiosos, aunque como vimos está presente a veces sin notarlo.

No obstante, siempre como catalizador y no fin en sí mismo, la ritualización consiente puede ser una práctica útil (y también bella) para encontrar espacios y tiempos de reflexión, un mecanismo para educar la voluntad, sistematizar ideas, hacer más significativas las experiencias y poner un poco de orden en medio del agobio propio de los tiempos de constante aceleración y dispersión en que vivimos.

Con todo, la experiencia ritual está siempre a merced de convertirse en un producto comercializable y resulta muy tentadora para charlatanes que, adornándola con un bonito empaque, la usen para lucrar. También es posible dejarse llevar por prácticas francamente absurdas, dignas de ridículo y hasta dañinas. Por ello, tres reglas a tener en cuenta: 1) cualquier ritual tiene un componente personal–emotivo, pero debe también resistir una crítica seria sobre su racionalidad última; 2) casi siempre que alguien quiera vender a cambio de dinero una experiencia ritual, habrá por lo menos que dudar de sus intenciones, y 3) hay que rehuir (y en su caso denunciar) de cualquier práctica que atente contra las personas, física, psicológicamente o en su dignidad.

Acerca de Aramis Kinciño

Internacionalista de El Colegio de México y maestro en ciencia política y gobierno por la Universidad de Tel Aviv. Profesionalmente ha trabajado en las áreas de análisis político, estrategia electoral y mensaje gubernamental, tanto en México como en Israel.

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