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La tradición moderna

Por: Javier Caballero



Para Charles Jencks, la arquitectura moderna murió el 15 de julio de 1972 a las 15:32 con la demolición del conjunto habitacional Pruitt-Igoe en San Luis, Missouri, proyectado por Minoru Yamasaki. Ello suponía que el llamado Estilo Internacional podía considerarse un rotundo fracaso y que era momento de dar paso a un nuevo periodo estilístico que manifestara la profundidad del cambio cultural gestado en los países que habían llevado al extremo los postulados coloniales de la modernidad.

Foto: pinterest.com.mx/pin/303570831113279088
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Desde mi perspectiva, el argumento de Jencks es en realidad una quimera: ni la arquitectura moderna murió, ni el posmodernismo puede solucionar los problemas espaciales que ha causado el proyecto neoliberal. Más bien creo que las observaciones de Jencks terminan justificando que la producción del espacio depende completamente de los “especialistas”, de los políticos e inversionistas, y no precisamente de las personas que lo habitan.

Mucho se ha especulado sobre las causas del fracaso habitacional de Pruitt-Igoe, pero en lo general prevalece el discurso construido por el mismo crítico inglés, según el cual, la configuración espacial propuesta por el movimiento moderno no tiene sustento ni arraigo en las prácticas culturales urbanas de San Luis ni de ninguna ciudad del mundo. Desde luego, hemos de reconocer que Jencks no se equivoca en parte del diagnóstico, porque el modelo de “universalidad” sintetizado en la-máquina-para-habitar lecorbusiana, supone un ser humano tipo sobre el que se decidió modelar el espacio de la ciudad, y en consecuencia, el del objeto arquitectónico.

En el fondo, nos encontramos con una sentencia que lo que hace es encubrir una tecnología de poder escondida en la producción espacial. Responsabilizar al arquitecto por el mal diseño del conjunto no tiene otra intención que mantener vigente la idea que sostiene a lxs “especialistas” del espacio como poseedores de un saber unívoco capaz de controlar los componentes y factores que intervienen en su producción; un saber cooptado por las universidades y puesto al servicio de las oligarquías locales que piensa a los usuarios o habitantes como meras variables de la ecuación espacial, como personas que deben responder positivamente a las obras arquitectónicas, a la estética y a los valores, códigos y significados que se materializan para ellas.

Me parece que no en balde se invierten grandes cantidades de dinero en difusión y publicidad, pues mucho les importa a las élites formar un “gusto” que valide sus propios sentidos estéticos. Atrás, desde luego, quedará la verdadera intención: la respuesta automática de las personas a las necesidades reproductivas del capital y a las extravagancias de la sociedad de consumo.

Sin embargo, y aunque se resistan a creerlo, no son éstas (las élites) las que producen el espacio, sino la gente; personas que sin ser “especialistas” saben producirlo e intuirlo mucho mejor que aquellas que lo estudian y lo pagan, porque finalmente es la gente la que lo vive, lo experimenta y lo significa. Tal vez por ello cientos de estos conjuntos siguen en pie: ¿Por qué, si como dice Jencks, el espacio moderno ha muerto, no se derrumban sus más vivas expresiones? Tal parece que a pesar del programa político que instauró el Estilo Internacional y de sus evidentes fallas, las personas han fundado una tradición, o habitus en la teoría de Bourdieu, que la misma modernidad se resiste a mirar; una especie de tradición “moderna” que vuelve pasado lo que se pensaba era futuro perenne.

Puede parecernos una contradicción, pero lo que es verdaderamente contradictorio es creer que puede producirse espacio sin memoria y sin apropiación. En consecuencia, la única forma que ha encontrado la civilización occidental para desvincular a las sociedades de su pasado es pensar la tradición en términos de atraso, de barbarie o de irracionalidad. Como si el ser-moderno fuera la única forma de ser-humano. Para ello ha servido, el diseño, la arquitectura y el urbanismo.

Así que, a pesar de los enormes esfuerzos de la agenda política moderna, las personas siguen generando vínculos con el pasado: no importa si se vive entre duela, mármol, porcelanato o tierra, la gente se apropia de su entorno para reproducir, cuidar y significar la vida. En este sentido, podemos afirmar que muchos edificios modernos están vivos no porque el/la especialista acertó en sus hipótesis de trabajo, sino porque la gente tuvo la capacidad de apropiarse de ellos y de resignificar los códigos que lxs diseñadorxs impusieron; incluso edificios que desde la crítica arquitectónica no tienen el más mínimo valor, las comunidades que los habitan los han convertido en sus refugios y hogares.

Por ello, me parece importante observar que existe algo que bien podríamos denominar “tradición moderna”, y que consiste en apropiarse de aquello que aparentemente es inapropiable; así podemos nombrar y hacer existir ese ethos resiliente que nos permite escabullirnos y resistir a este demencial proceso.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Javier Caballero

Es maestro en arquitectura por el Posgrado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México. Profesor de historia y teoría arquitectónica, se ha especializado en los estudios decoloniales que cruzan la historia del arte, la historia de la arquitectura, el urbanismo y el patrimonio cultural.

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