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Las olimpiadas griegas y un político mexicano

Por: Alvaro López


Los griegos cultivaron el pensamiento, la ciencia, la arquitectura, el teatro; allí surgieron los grandes poetas cuyas obras hoy seguimos disfrutándolas, Hesíodo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes son un mínimo gran ejemplo de la grandeza griega, pero podemos sumar a Herodoto, Tucídides, Sócrates y Platón, los pensadores presocráticos, los sofistas, en el campo de la historia y la filosofía. Pero también cultivaron el cuerpo, procurando la salud, por ello Asclepio, dios de la salud y de la medicina, fue muy venerado entre los griegos, por eso recordamos lo dicho por Sócrates cuando decide tomar la cicuta.

Los griegos hacían uso del juego como parte sustantiva de las ceremonias religiosas. Los primeros juegos, en ese sentido, de los que tenemos conocimientos, y de los que Homero nos da razón en la Ilíada, son los juegos fúnebres que Aquiles organiza en la playa de Troya para honrar a Patroclo, muerto por Hector, su gran e inseparable compañero durante la guerra en Ilión.

La mitología griega también nos habla de los juegos en Iolcos en Tesalia en honor de su rey Pellas. Por todas las regiones del mundo helénico se realizaban juegos, siempre concernientes con los diversos cultos que se rendían a los dioses del Olimpo en una sociedad politeísta. Cirene fue una de las sedes de unas competencias en honor de Atenea y otra en honor de Zeus; también fueron célebres las carreras de antorchas, o lampadedromías, en Atenas y la carrera del racimo de uva en honor de Apolo en Esparta. Se trataba de competencia en las que los jóvenes rendían culto a las divinidades, exhibiendo sus cualidades físicas.

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El triunfo en los juegos tenía un doble significado, por una parte se mostraban los atributos de fuerza y habilidad de los competidores, pero los más significativo era la intervención del dios que favorecía a los ganadores, por eso cuando los atletas regresaban a sus ciudad-estado (polis) eran considerados como favoritos de los dioses quienes, se creía, les otorgaban  linaje y dignidad que la población les reconocía convirtiéndose en personajes distinguidos.

Fueron cuatro ciudades en las que se realizaban los juegos más reconocidos en el mundo griego: los de Olimpia, los del Istmo de Corinto (en los que Platón, antes de dedicarse a la filosofía, obtuvo dos premios en competencia de  lucha); los de Delfos llamados juegos Píticos[1] y los de Nemea. A los juegos de estas ciudades siempre acudían gran cantidad de competidores y espectadores de todas las regiones del territorio griego, por eso se ganaron el título de juegos panhelénicos.

Sin embargo, los juegos en honor de Zeus en Olimpia fueron los más célebres, desde 776 a. de C. se realizaban cada cuatro años en el período de verano durante siete días. Los juegos tenían un alto significado para los griegos, por ello tomaban un sentido formal desde la designación del comité, los espondóforos, encargado de recorrer las regiones del toda gracia para informar, con toda oportunidad,  de la realización del importante evento. Previamente se designaba la comisión de jueces, los helanódicos, que eran de toda la organización.

En tiempos de guerra se acordaba una tregua para el período de los Juegos Olímpicos, suspensión bélica que se respetaba rigurosamente, estando de por medio el honor de las Polis en conflicto ante los dioses. Olimpia se preparaba apropiadamente para recibir a los contendientes y a todo el público en general, allí que era común ver a filósofos, artistas, políticos.

Fueron asistentes distinguidos Fidias 500-432 a. C., escultor griego que, por encargo de Pericles dirigió la construcción del Partenón. Fue el encargado de esculpir la decoración del gran templo en la acrópolis de Atenas;  Platón 427-347ª. C., filósofo creador de la teoría de las  ideas universales que aún se discute en el presente; Pitágoras, 570-480 a. C. matemático y filósofo, fundador de la Escuela Pitagórica y creador del teorema que lleva su nombre;  Aristóteles, 445-386 a. C., filósofo discípulo de Platón en la Academia, fundó su propia escuela, el  Liceo. Autor de tratados de ética, política y lógica; Temístocles 528-462 a. C. general y estadista que llevó a Atenas a ser la gran potencia naval del mundo helénico; Alcibíades 404-450 a.C. general ateniense, discípulo y efebo de Sócrates.

Los juegos en Olimpia fueron una gran festividad religiosa que motivaba a los atletas y emocionaba a los espectadores, pues la representación de mucha de las regiones reunía al mundo helénico para convivir y competir en un ambiente de paz y cordialidad; para los competidores era un enorme honor representar a su polis viviendo una gran pasión entre la entrega a las exigencias de las competencias y el imaginarse ser favoritos de los dioses.

En las primeras competencias en Olimpia solamente se competía, siempre desnudos e impregnado el cuerpo de aceite de oliva, en una carrera de 185  o 190 metros, más tarde se incluyeron carreras de mayor distancia, lucha y pentatlón  —lucha libre, salto de longitud, lanzamiento de jabalina y disco y carreras de campo traviesa—, luego se competía también en carreras de jinetes y de carros y también en boxeo.

Oda de Píndaro a Hagesídamo, vencedor en pugilato.

Leedme en voz alta el nombre del vencedor olímpico,

el hijo de Arquéstrato, a ver en qué parte de mi espíritu

está escrito pues se me había olvidado que le debían

un dulce canto. Musa, tú y la verdad,

hija de Zeus, con la mano  enderezadora

rechazad la mentira embustera

de que he faltado contra el huésped…

El primer día, con la presencia de los  competidores y concurrentes, se realizaba la ceremonia de  sacrificios a los dioses y luego se  hacía el  juramento olímpico que era un ritual altamente solemne en el que no podían participar los esclavos y extranjeros, tampoco las mujeres, con excepción de la sacerdotisa de Deméter, divinidad de la fertilidad. La ceremonia se efectuaba en el altar de Zeus, en el Buleuterión (edificio del senado), ahí los atletas se comprometían inquebrantablemente a respetar el reglamento de las competencias.

Juvenal, poeta latino, interpreta el sentido de los juegos olímpicos y de la vida entre los griegos en su famosa frase mens sana in corpore sano, pues los competidores no participaban con afán de lucro, simplemente deseaban representar a su polis y saberse favorecidos por los dioses, ese era su honor, saberse reconocidos como hombres nobles y dignos. Ese era su triunfo, el honor, que era premiado con una corona de olivo o de laurel.

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Entre el honor, el orgullo, la nobleza y el respeto irrestricto por los atletas rivales, que los griegos confirmaban en el juramento olímpico, y que inquebrantablemente habrían de cumplir durante las competencias, no queremos recordar el caso del ex presidente del PRI Roberto Madrazo, quien en el maratón de Berlín 2007, ante la poca vigilancia de los jueces del evento, cortó por un atajo para reducir su tiempo aproximadamente en una hora —genial, pero no decente—  levantando los brazos al cruzar la meta, en señal de victoria, para sorpresa de los verdaderos atletas. Sin embargo, luego de una revisión del recorrido, apoyándose en las cámaras de video y en el registro del chip que portaba, fue descalificado.

No puedo imaginar al señor Madrazo compitiendo en los Juegos Olímpicos de la antigüedad, en lucha por ejemplo, desnudo sobre su rival aplicándole llaves prohibidas sin que los jueces se enteren, o participando en carrera, también desnudo, rebasando la línea de arranque para aventajar  a los competidores. No puedo imaginarlo porque en los Juegos Olímpicos de la antigüedad había orgullo, honor, nobleza y respeto irrestricto por los rivales.

  1. Dice la mitología que cuando Apolo decidió fundar un santuario al pie del monte Parnaso, cercano a Delfos, encontró al dragón Pitón que exterminaba a animales y humanos. Apolo lo mató a flechazos y encerró sus cenizas en un sarcófago y fundó en su honor unos juegos fúnebres: los Juegos Píticos.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Alvaro López

Maestro en historia; ha sido profesor en educación básica y profesor de “lógica” y “filosofía de la historia” en el Instituto Tecnológico de Saltillo y en la Escuela Normal Superior Coahuila. Profesor de “Marxismo clásico” y “Filosofía de la educación” en la escuela de filosofía de la Universidad Autónoma de Coahuila. Fue responsable de la instancia de actualización del magisterio de Coahuila. Escribió el libro “La ciudad y su tiempo histórico”. Actualmente es profesor jubilado y tiene en preparación el texto: “Monólogo imposible” entre la virtud y el deseo.

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