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Lo que la ley se llevó…

Por: Emiliano Oaxaca



Mucho se ha dicho ya acerca de la flamante y polémica Ley de Seguridad Interior, así que lo mío, es probable que se haya escrito, hablado y cantado. Sin embargo, dentro de mis investigaciones no encontré exactamente lo que pienso, pretexto que me tiene escribiendo esta opinión que abona una pequeña pieza a un enorme rompecabezas; comienzo con esa intrascendente salvedad.

La ahora vigente Ley de Seguridad Interior ha sido uno de los actos legislativos más discutidos en el foro público, ha dividido a las masas, ha controvertido a los políticos, ha logrado separar a los intelectuales, pero sobretodo, desde mi punto de vista, ha sido la polea que nos obliga a repensar con cuáles instrumentos y bajo qué ópticas medimos nuestras leyes, a analizar para qué sirve la legislación y qué es lo que significa que en México existan tantas leyes y leyes de este tipo. Debe ser el punto de inflexión hacia una nueva forma criticar la labor estatal.

Primero hay que entender que la discusión pública, al tratarse de una ley de suma trascendencia nacional, se llevó a cabo a través de dos vías distintas que parten de premisas antagónicas: i) la vía legalista o formal: en donde encontramos todas las justificaciones de ley, pragmáticas, de contexto histórico nacional en materia de seguridad y de constitucionalidad, y; ii) la vía axiológica o fundamentalista: aquí resaltan los argumentos tendientes a desentrañar la existencia de la ley, su verdadero por qué, si soluciona o no nuclearmente el problema que pretender resolver, si reconceptualiza al estado de derecho, o si es democráticamente válida, entre tantas otra cuestiones fundamentales.

Foto: udgtv.com
Foto: udgtv.com

Ahora bien, el defender una vía u otra revela indubitablemente la premisa personal que da pie a lo que cada quien entiende por “estado constitucional de derecho”. La vía legalista o formal concibe en tal concepto un estado en donde la actuación de cualquiera de los poderes de la unión encuentra su único fundamento y razón de validez en la ley, pues la normas son válidas porque son formalmente creadas conforme a la constitución y su contenido es esencialmente compatible. Argumentan que la ley, al ser siempre un producto del ejercicio democrático, atiende a una estructura jurídica que dota de objetividad y formalismo en la actuación estatal. Positivismo jurídico: Auctoritas non veritas facit legem

Por el contrario, la vía axiológica o fundamentalista, parte de una premisa naturalista en donde no porque una facultad se encuentre en la ley, o inclusive en la constitución, es acorde a la sustancia que persigue una democracia como la mexicana (tal es el caso de las posturas en contra de la prisión preventiva y el arraigo), y bajo este concepción preponderantemente subjetiva, es que se sostiene el estándar de lo que el estado debe permitir y no debe tolerar independientemente de su validez formal. Naturalismo jurídico: Veritas non auctoritas facit legem.

Es en este entorno de cosmovisiones políticas y jurídicas, que consciente o inconscientemente, se ha llevado a cabo la dialéctica sobre la ley de seguridad interior, y el problema no parte de ahí (al contrario, esa es la gran virtud), sino que la discusión se ha vuelto torpe, soberbia, tonta, intransigente e intolerante. Ello paradójicamente en razón de una mala interiorización de las premisas sobre el estado constitucional de derecho.

Los legisladores que han redactado y votado en favor de dicha ley sostienen argumentos legalmente y constitucionalmente válidos, puesto que la ley fomenta la cultura de controles constitucionales sobre el acto administrativo, de fundamentación y motivación, de seguridad jurídica, de evaluación de actuaciones del poder ejecutivo en materia de despliegue de las fuerzas armadas, corrigen un mal diseñado sistema de seguridad, se prevé una sana rendición de cuentas y transparencia, entre otros. Para ellos, eso es lo que debe hacer un estado constitucional de derecho; no hay nada más cercano a tal estado que la ley de seguridad interior.

El problema radica en que no se aceptan refutaciones de ningún tipo, están tan seguros de la urgencia y validez de la ley que admiten tácitamente que no es perfectible. ¡Y lo peor! Refutan todo tipo de argumento en contra (aun aquellos que construir una mejor ley) con frases como “no ha leído la ley”, “no conoce al país” “esto abona a nuestro sistema jurídico” o “los militares ya están en las calles, no hay de otra”, etc.

Se han vuelto intransigentes y soberbios puesto que su concepción de Estado de derecho parte de las premisas que la propia ley incluye, no hay capacidad para menos y no hay espacio para más.

Foto: elsociologo.files.wordpress.com
Foto: elsociologo.files.wordpress.com

Por el otro lado, aquellos que están en contra de la ley por completo o en parte y creen en su perfeccionamiento, utilizan argumentos axiológicamente válidos, puesto que la ley fomenta el uso arbitrario de las fuerzas armadas disfrazado en una supuesta legalidad, las funciones del ejército no debieran ser aquellas que les son otorgadas actualmente, ayuda a que el ejecutivo en turno militarice al país basándose en una ley que lo permite y eso es, por principio, aberrante, además el nuevo paradigma nacional e internacional en materia de derechos humanos predica justamente lo contrario a lo que la ley incorpora. 

Su problema radica exactamente en el mismo que sus contrincantes, tampoco aceptan refutación alguna y su discurso se ha vuelto torpe, contradictorio e igualmente intolerante. ¡Y lo peor! Refutan todo diciendo:

“No hay cabida en México para una ley con ese nombre, ni siquiera mejorada” “la ley, por si sola, militariza, no hay más”, “tiene un lenguaje muy vago, eso de seguridad interior es un término nuevo”, etc.

Su concepción de estado de derecho no permite tan siquiera concebir la idea de una ley con ese nombre (muchos no la han leído y se han convertido en expertos mágicamente), limitando se debate a un tema de lenguaje, radicalismos sin sentido y argumentos coléricos.

La crítica de la ley no ha estado a la altura de la situación, ni para estar en su favor o en su contra, el debate se volvió personal, de adjetivos calificativos, de argumentos circulares y poco inteligentes. Lo que más me sorprende es que existe un enorme océano de razones legal y axiológicamente válidas para estar de un lado o del otro, pero la capacidad de escuchar las diversas y lograr un buen consenso es proporcional a la inversa: es un charco de agua en la calle.

Los desacuerdos en el mundo del derecho, tal y cómo lo dice el jurista argentino Genaro Carrió, generalmente son seudo-disputas que se fundamentan en equivocaciones verbales y en la poca capacidad de entender los diversos significados de las palabras a través de la historia y la geografía, a veces las controversias no son de hechos, sino de desvirtuar el lenguaje. El debate sobre la ley de seguridad interior no es la excepción en este sentido y ello gracias a una ceguera dialéctica.

Hubiese sido mucho más sano para nuestro país el tener un ley mejorada, una ley discutida y que la discusión haya sido materia de su contenido, pero no, la dialéctica sirvió para aprobarse tal y como fue presentada ante el senado. Ello por culpa de ambos frentes.

Me gusta imaginar que de esto aprenderemos a desarrollar un mejor debate público, a proponer sin destruir y entender las premisas conceptuales y lingüísticas. Deseo que todos dialoguemos prescindiendo de la radicalización de nuestras premisas y entendiendo que la negociación asertiva es el mejor activo de una democracia.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Emiliano Oaxaca

Estudiante de Derecho en la Universidad La Salle, he laborado en el área de derecho energético, notarial y constitucional. Mexicano por parte de mi padre, italiano por parte de mi madre; miembro vitalicio del grupo de los que dudan de todo, sabinero de corazón, crítico en esencia y competitivo en lo accidental. “Güey” en potencia.

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