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Los moderadores entendieron, los candidatos no

Por: Carlos Castillo


Luego de tres debates entre los cuatro candidatos a la Presidencia de la República, y a poco menos de un mes de que se celebre la elección, queda un dejo de gusto por el dinamismo, los cambios de formato, la intervención activa de los moderadores y los participantes, así como por las nuevas posibilidades exploradas para un tipo de encuentro que permaneció estático desde 1994, cuando se realizó por primera vez entre Diego Fernández de Cevallos, Ernesto Zedillo y Cuauhtémoc Cárdenas.

Tuvieron que pasar 28 años y tres elecciones presidenciales para que llegara ese cambio, así como una serie de reglamentaciones y normatividades que obligan a debatir, a que todos tengan igual espacio y evitar, por ejemplo, lo ocurrido en 1997, cuando Cuauhtémoc Cárdenas y Alfredo del Mazo decidieron, fieles a la tradición autoritaria de la que ambos provienen, no invitar a Carlos Castillo Peraza al primer debate por la entonces Jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal.

Contrasta así la evolución que ha tenido la figura del debate, y las nuevas modalidades establecidas para este 2018, con el desempeño de los candidatos y su capacidad de adaptarse y aprovechar las ventajas de mecanismos más abiertos, en los que pierden el monopolio de la palabra, deben compartir protagonismo, echar mano de recursos más flexibles y demostrar que están a la altura de nuevas exigencias y nuevos modos de entender y ejercer la política.

Fuente: El Sol de México
Fuente: El Sol de México

Un formato más inquisitivo y proactivo exigía de periodistas y conductores con experiencia en el manejo de espacios en vivo, así como con capacidad de reacción frente a los lugares comunes, las evasivas; con autoridad para exigir que se ahonde en los cómos, que se detalle lo que suele exponerse desde generalidades vacías o superfluas… En ese sentido, la crítica al protagonismo de los moderadores denota no haber entendido que es consecuencia del nuevo formato: el papel de Denise Maerker, Sergio Sarmiento, Azucena Uresti, Yuriria Sierra, León Krauze, Carlos Puig, Gabriela Warkentin o Leonardo Cruzio, cada quien en su estilo y con sus recursos, resultó funcional y fue decisivo para dotar de agilidad, polémica y profundidad a los argumentos y exposiciones de cada participante.

Fuente: El Universal
Fuente: El Universal

Los grandes perdedores fueron, sin distingo, los candidatos, así como buena parte de sus fieles, que saturan las redes de mensajes triunfalistas –cada vez más inverosímiles– tras cada uno de los debates. Ninguno, empero, encontró la manera de responder y aprovechar las ventajas de los nuevos formatos; ninguno se sacudió la rigidez ni se salió del discurso monótono y plano: siempre quedó la sensación de añoranza de aquellos tiempos cuando se pontificaba y la única discrepancia provenía de quienes tenía el monopolio de la tribuna.

Fuente: cronicadexalapa.com
Fuente: cronicadexalapa.com

Como ha quedado también demostrado en múltiples ocasiones, ninguno de los cuatro aspirantes ha entendido que el nuevo papel de la sociedad civil –en este caso, la prensa– exige atributos distintos, habilidades renovadas, lenguajes más precisos, recursos discursivos menos verticales, entre otras características que no aparecieron o apenas se asomaron durante los tres encuentros.

Así, el más incómodo de los candidatos fue López Obrador, nostálgico del discurso único y quizá hasta del púlpito en el que se instala ante sus seguidores; en la misma la matriz autoritaria, Jaime Rodríguez demostró que la ocurrencia, el sinsentido y hasta el absurdo tienen poco lugar en una nueva dinámica de exigencia y solicitud de detalles. José Antonio Meade, por su parte nos enseñó que el ejercicio de la política requiere de habilidades que solo se adquieren en la calle, campaña tras campaña, y que no basta un conocimiento profundo y amplio de la técnica si no puede generarse un discurso atractivo y empático.

Ricardo Anaya, de quien se esperaba mucho más por sus repetidas hasta el cansancio dotes de polemista y tribuno, quedó a deber en el mismo sentido que Meade, a lo que se suma que la pura memoria y la juventud no bastan cuando no se cuenta con propuestas temáticas específicas que demuestren cercanía con el dolor real de la ciudadanía, cuando no se cuenta con una plataforma seria y bien hecha que vaya de la mano con una imagen a la que le ha faltado proximidad con los problemas más sentidos de la población.

En resumen, el nuevo rol de actores y ciudadanía que se involucra en los temas públicos marca una pauta a la que los políticos tradicionales no han sabido responder. Los moderadores entendieron bien y supieron aprovechar esa oportunidad, no así los candidatos a la Presidencia de la República.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Carlos Castillo

Es Director editorial y de Cooperación Institucional en la Fundación Rafael Preciado Hernández, así como Director de la revista Bien Común. Ha publicado textos de crítica literaria, de análisis político y asuntos internacionales en las revistas Letras Libres, Nexos, Este País, Etcétera y Diálogo Político, así como en los periódicos El Universal, La Crónica de Hoy y Excélsior. Es autor de los libros Cartas a un joven político y La urgencia humanista: Alternativa para el siglo XXI.

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