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Mis recuerdos mundialistas

Por César Navarrete


A diferencia de mis compatriotas, quienes gustan de desperdiciar tiempo, dinero e ilusiones en la selección mexicana —inflada cada cuatro años por el aparato mercadológico, el patrioterismo y la carencia de éxito de una sociedad derrotada—, a mí me gusta aprovechar las competencias internacionales (los Juegos Olímpicos, el Mundobasket, la Eurocopa y sobre todo la Copa Mundial de futbol) para disfrutar de los mejores atletas y equipos del orbe.

En México’86 me llamaban mucho la atención las enormes banderas que la televisión presentaba durante las transmisiones. Me sentaba a la mesa en casa de la abuela materna y las reproducía con mis plumones sobre las hojas blancas; la portuguesa aún la guardo en la memoria.

Quizá mi fascinación por otras culturas —que en el futuro me llevaría a viajar por más de una veintena de países— se haya despertado en aquellos días.

Debido a la edad no puedo jactarme de haber visto a Pelé ni a Maradona en plenitud —contrario a algunos que atesoran eso como lo más valioso de su vida. Tampoco presenciar en vivo el «Partido del siglo» en el mismísimo Estadio Azteca. Sin embargo, tuve la fortuna de ver —siempre como televidente— excelentes partidos mundialistas y también grandes jugadores que, al margen de su calidad, no recibieron la proyección mediática de Messi o Cristiano Ronaldo, que el limitado criterio de las nuevas generaciones pone por encima leyendas como Alfredo Di Stéfano, Johan Cruyff, Franz Beckenbauer, Michel Platini, etc.

Italia’90 más que un recuerdo vívido es una creación e idealización de la mente. A partir del álbum de Panini, las estampas del Pibe Valderrama, Tomáš Skuhravý, Stuart McCall, Tomislav Ivković, Paul McGrath, Cyrille Makanaky, Silas y los soviéticos Oleg Protásov, Gennadi Litóvchenko, Serguéi Aléinikov… me hicieron soñar junto a los Leones indomables de Camerún hasta que los eliminaron otros leones, los ingleses (en aquel juego estaba con mi familia en Acapulco y preferí, como cualquier niño, bajar a la alberca en lugar de quedarme en el cuarto).

Años después supe del caso del recipiente con somníferos que los argentinos le dieron al brasileño Branco y del indignado Maradona llamando «hijos de puta» a los aficionados que silbaban el himno de su país en el Estadio Olímpico de Roma

Estados Unidos’94 indudablemente fue el mundial más aburrido de la historia, si bien ofreció momentos icónicos: los codazos arteros de Leonardo y Mauro Tassoti a Tabaré Ramos y Luis Enrique respectivamente, el festejo del arrullo de Bebeto contra Holanda —esa Holanda predestinada a caer… aun cuando juegue tan bien— y las imágenes de Dunga alzando la copa y Romário envuelto en el lábaro patrio besando el trofeo.

A mí, por otra parte, me dejó recuerdos imborrables. La primera Copa del mundo que aprecié conscientemente y el mejor enfrentamiento que he presenciado en este evento: Rumania tres, Argentina dos. ¡Partidazo!

Gheorghe Hagi contra Argentina Fuente: pinterest.com.mx/pin/132363676527466219/
Gheorghe Hagi contra Argentina Fuente: pinterest.com.mx/pin/132363676527466219/

La inauguración del siguiente mundial la disputaron Escocia y Brasil y yo la vi en compañía de un par de amigos: José Manuel y Ulises, cuyo apartamento estaba cerca de la preparatoria.

A pesar de las distinciones étnicas en la selección anfitriona, reflejo de una de las sociedades más racistas de Europa —sólo después de la alemana—, Francia’98 cerró con la polémica alineación de Ronaldo en la final (incluso se rumoró que su patrocinador lo obligó a participar y otra versión señaló que el gobierno francés le condonó al brasileño una deuda sustancial tras conseguir el título)— y cierta sospecha —al estilo argentino contra El Perú de 1978— con dos cabezazos de Zizou (la misma cabeza con la que se hizo expulsar tras golpear a Materazzi en otra final: la de Alemania 2006).

Corea-Japón 2002 fue la constatación de que una superestrella no puede obtener títulos sola, pero sí un grupo de estrellas —aun cuando no lleguen a ser un equipo. Fue el caso del Brasil de Roberto Carlos, Rivaldo, Ronaldinho y Ronaldo, convertido en una potentísima máquina anotadora.

Alemania 2006 trajo el mejor gol que he visto en un Campeonato mundial: el del inglés Joe Cole a los suecos (los de O Rei en Suecia’58 y México’70 y los portentos de Manuel Negrete y Diego Armando Maradona en México’86 los conocí en repeticiones televisivas). En Rusia 2018 me gustaron mucho las anotaciones de Nacho, Coutinho, Januzaj y en especial la de Pavard.

Sudáfrica 2010 me decepcionó por dos motivos: el triunfo de España fue lo más desagradable que he experimentado como aficionado a este deporte. Aunque gusto de la liga española aun mucho antes de los villamelones y oportunistas seguidores del Barça en México, lamenté que no ganaran los holandeses (curiosamente, celebré la coronación de la selección española de basquetbol —mi deporte favorito— en 2006).

Alemania le ganó por cuatro goles a uno a Inglaterra en un encuentro engañosísimo en que los Pross estrellaron dos tiros al travesaño y el árbitro no validó un gol legítimo de Frank Lampard (¿la justicia poética del «gol fantasma» de Geoffrey Hurst en la final de Inglaterra’66?).

Lampard y Gerrard Fuente: averageopposition.wordpress.com
Lampard y Gerrard Fuente: averageopposition.wordpress.com

El futbol, al igual que la música, son anclas en la vida de cada persona; símbolos de la nostalgia que se desencadena cuando se escucha una canción o se rememora a un deportista o a un equipo.

Nuestra insignificancia nos lleva a defender nuestra época, a sus personajes y manifestaciones como los mejores… En todo caso, deberíamos aceptar con humildad que si no lo fueron, definitivamente son las más entrañables para nosotros.

Por eso me quedo con mis íntimos recuerdos futboleros: el Camerún de Roger Milla, la Rumania de Hagi, la Colombia de los melenudos y bigotones, la Holanda de los tulipanes negros, la Alemania de Matthäus, Klinsmann y Brehme —tridente de mi admirado Inter de Milán (cuando todavía no se decía «Mílan» ni «Náiqui» (Nike)— y la malograda camada inglesa de Lampard y Stevie G (Steven Gerrard) que nunca consiguió nada como tantas otras generaciones memorables, pese a sus destacadísimas individualidades.

Fuente: FansNetwork.co.uk
Fuente: FansNetwork.co.uk

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de César Navarrete

Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad del Valle de México, con un Diplomado en Nivelación Pedagógica para profesores de Educación Secundaria por el Centro de Actualización del Magisterio en el Distrito Federal. Profesor universitario, escritor, viajero, traductor, fotógrafo, bloguero, documentalista y etnomusicólogo. Ha traducido textos literarios en más de diez idiomas y publicado en medios tradicionales y virtuales de México, Honduras, Perú, Colombia, España, Francia y Portugal. Es autor de los libros: Poenimios (México, 2014), Fábulas-o-heces (México, 2014), 20 Poenímios (Coimbra, Portugal, 2016) y Epigramas y maxinimias (México, 2017).

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