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Ni partido ni movimiento: el culto de Morena

Por Aramis Kincino

La caracterización de Andrés Manuel López Obrador como un político mesiánico había sido un recurso simpático, que atinaba en dibujar el tufo narcisista y autoritario con que siempre ha hecho política, pero que en general se mantenía como sarcasmo divertido. Paulatinamente, la caricatura ha dejado de ser graciosa.

De manera creciente, y de la mano de su líder, Morena adopta un lenguaje y prácticas más propias de un culto que de un partido o movimiento político; este fenómeno merece atención en cuanto se trata de una entidad de interés público, financiada con impuestos, y que aspira a gobernar a una sociedad cada vez más libre y plural.

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Sería un error descalificar de manera generalizada a los simpatizantes de Morena y denostarlos con epítetos como «pejezombies». Es importante reconocer que entre ellos existen muchas personas genuinamente agraviadas, que no han encontrado respuesta a sus problemas de parte del sistema, con quienes hay una deuda política y social.

Al mismo tiempo, es necesario señalar que también hay quienes –sobre todo entre los cuadros medios y altos– voluntaria y a veces de manera entusiasta han decidido caer en la bancarrota intelectual, haciendo los malabares retóricos más grotescos para defender la agenda caprichosa de un personaje que está dispuesto a soslayar derechos fundamentales y prácticas democráticas para lograr su única obsesión consistente: ser Presidente.

No costará trabajo advertir los paralelismos.

Los cultos comparten algunas características esenciales. Sus integrantes se aglutinan bajo la guía de un autoproclamado líder carismático (en el sentido weberiano) cuyo juicio es inapelable. Se establece una clara división entre quienes están afuera: personas corruptas, dañinas, tóxicas; y quienes están adentro: consientes, bondadosos, limpios. El mundo exterior al grupo es presentado como un lugar hostil, manchado, que precisa ser regenerado.

Dentro del culto se espera obediencia total, por lo que el pensamiento crítico es visto con sospecha; se le estigmatiza y suprime. El líder no está interesado en debatir, aprender de la experiencia o transigir; al contrario asegura tener respuestas únicas y de aplicación universal a todos los problemas, de forma que quien no comparta su doctrina es un ignorante que puede ser redimido si se une, un indeseable que debe ser evitado, o un traidor que debe ser combatido.

Usando un lenguaje de amor y armonía que denuncia al egoísmo, el culto busca que los integrantes renuncien a su individualidad e incluso hagan cosas contrarias a sus propios intereses, a fin de trabajar por una «causa superior». Los cultos atraen a personas de todos los bagajes socioeconómicos e ideológicos, pues lo que ofrecen no es un bien material o intelectual sino emotivo: identidad, un propósito, sentido de comunidad y de pertenencia.

En un debate reciente, una persona de la comunidad LGBT hacía una defensa sin concesiones de Candelaria Pérez, coordinadora de la bancada de Morena en el Congreso de Tabasco quien célebremente dijo: “a mí me gustaría que no existieran los gays”. Bajo el argumento de mantener la integridad de «la causa» (una etérea y poco definida luchar contra el neoliberalismo), esta persona se mostraba más que dispuesta a condonar una posición discriminatoria, contraria a derechos fundamentales, y que además lesiona sus propios intereses. El individuo difuminado, sometido a la tiranía del grupo, de la causa.

Ponga usted atención a las declaraciones del liderazgo y varios simpatizantes de Morena y constatará un patrón similar, que recuerda la célebre novela distópica 1984, donde los personajes de George Orwell se ven sometidos al doblepensar, un mecanismo de dominación auto-infringido mediante el que una persona es capaz de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, mintiéndose a sí misma de forma selectiva.

Hace unas semanas López Obrador anunció que “Todo el que está en el PRI pero se arrepiente de lo que hizo mal y decide pasarse a Morena puede ser perdonado. Al momento que se sale del PRI se limpia”. Así, Evaristo Hernández, a quien poco antes había calificado de corrupto, fue redimido y sumado a las filas siguiendo un modelo propio del culto: la aprobación personal del líder, por encima de cualquier tramite, institución u opinión.

Ponga atención al lenguaje con que debaten los cuadros de Morena y detectará algunos rasgos peculiares: frases cortas, casi siempre afirmaciones y nunca preguntas; poca elaboración, menos matices, mucha repetición a veces textual de las palabras del líder. Uso del plural mayestático, tono acusatorio. No se trata de spots, sino de la forma en que muchos simpatizantes argumentan y piensan de manera cotidiana. Hablamos de personas que quieren evangelizar con un mensaje perenne, no razonar sobre una realidad compleja.

Las sectas invierten una buena cantidad de tiempo explicando lo que no son y poco detallando que sí –la claridad no es su fuerte. Morena enfatiza regularmente que no es un movimiento violento o irrespetuoso de la ley, y cuando habla de su programa el lenguaje se torna cultista, «una nueva corriente de pensamiento», abstracto, «un modelo económico alternativo», y religioso: los cambios surgirán de tener mucha ética, muchas ganas, y en última instancia de la voluntad superior del líder, tan plena de qués y tan carente de cómos.

Todos los partidos políticos en todo el mundo requieren cohesión, lealtad de sus integrantes e incluso un cierto grado de teatralidad. Pero sólo una clase de agrupaciones demandan rendir el criterio, diluir la individualidad, hacer la causa de un líder infalible el eje único de acción. Sometimiento mental y disciplina institucional son cosas distintas.

Ahora Morena quiere administrar universidades propias con dinero público; más allá de que esto tenga un objetivo electoral apenas disimulado, preocupa que una organización con una mentalidad cercana a la de un culto controle una materia tan sensible como la educación de cientos y quizá miles de jóvenes.

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Los cultos detestan el escrutinio, que pone de relieve su simulación, y la crítica, que devela sus inconsistencias. Acostumbrados a la aquiescencia de sus seguidores, el líder y sus cuadros se estrellan contra la argumentación razonada. Por ello será un error subestimar y una injusticia generalizar a sus simpatizantes; al contrario, hace falta dar una batalla de ideas sistemática y debatirles en todos los frentes, en todo momento. Exhibir a unos, convencer a otros. Se trata de una batalla no sólo política sino cultural.

Acerca de Aramis Kinciño

Internacionalista de El Colegio de México y maestro en ciencia política y gobierno por la Universidad de Tel Aviv. Profesionalmente ha trabajado en las áreas de análisis político, estrategia electoral y mensaje gubernamental, tanto en México como en Israel.

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