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Nostalgia por los libros

Por: Don Porfirio Díaz



Para mí, los libros tienen algo mágico que no sé cómo describir. Ya desde mis tiempos me resultaba agradable tener un libro nuevo en mis manos y abrirlo para adentrarme a sus páginas nuevas y manchar mis dedos con la tinta. Recuerdo muy bien que lo levantaba en mis manos y lo acercaba a mi nariz para disfrutar del olor del papel.

FOTO: verne.elpais.com
FOTO: verne.elpais.com

Para mí, cada libro refleja una personalidad tan diferente, que no me es posible concebir el mundo sin ellos. Puedo tomar un tomo del librero y hojearlo, porque al percatarme de un doblez en una página recuerdo que estaba leyendo sobre tal o cual tema, y no había encontrado mi separador de libros en ese momento. Tal vez, hojeando otro tomo, me percate de alguna mancha de café, de té, tierra o de la misma tinta, y eso lanza a mi mente el recuerdo de los personajes que habitan dentro de ese libro, o de la trama que logró sorprenderme con su giro de tuerca cerca del final. Cuando tomo una novela, y veo su lomo de cartón, puedo notar los dobleces y las marcas de cómo fui avanzando cuando lo leí una, dos, tres y veinte veces. Ahí, en cada uno de mis libros hay marcas tangibles de mi paso por ellos, marcas, rayones, comentarios, páginas perdidas, amarillas y ¿por qué no decirlo? Hasta se ven bien como adornos de mi oficina.

Ah, pero la tecnología cambia al mundo, y a veces nos es imposible escapar de ella. El progreso no puede detenerse por un hombre o un país que cree que los libros de papel son la mejor manera de difundir la cultura.

El otro día estaba en un restaurante de la colonia Polanco, comiendo con Pepe Limantour. Como ustedes comprenderán, dada la clase alta de ambos comensales, de nuestro rigor histórico y de nuestras ganas de vernos en un lugar público para llamar la atención de los vivos, que nos reconocen como figuras famosas de la historia de México, fuimos a un restaurante de excelente categoría. Cuando habíamos terminado de comer, y habíamos pedido un chocolate de Oaxaca, para hacer una grata sobremesa, él se recargó sobre la mesa y me preguntó:

-“¿Ha leído algún buen libro últimamente, general?”

Me quedé pensando en los libros que tenía sobre mi escritorio, en los que había invertido mis tardes de ocio. Finalmente le dije:

-“Leí una biografía de este y de este otro juarista, además una novela negra de tal autor policiaco que ha ganado varios premios en el extranjero. Carmelita me recomendó que leyera a no sé qué poeta español que tiene romances dedicados a ciertos gitanos”
Sucedió que Limantour produjó un aparatejo gris y empezó a teclear los nombres que yo le había dicho. Yo lo miré en silencio, sin entender. Después de algunos minutos, me mostró lo que tenía entre manos. Seguramente han visto eso que él llama ‘lector de libros digitales’. Si no lo conocen, déjenme explicarle más o menos como se ve. Es como una tabla de cocina, pero un poco más pequeña y hecha de un plástico resistente. Además cuenta con una pantalla muy grande, blanca y donde se pueden apreciar letras negras.

-“Mire, nada más esta maravilla tecnológica, general. Todos los libros que usted me acaba de decir los acabo de comprar, y ya los puedo leer cuando yo quiera usando este lector de libros digitales.”
Extendió la mano y me dejó ver el aparetejo ese. Lo estuve contemplando un rato, tratando de explorar cada una de sus funciones.

-“¿Quiere decirme, Don Pepe, que esto es un libro?”
-“No solamente uno, sino los que usted quiera.”

Me pareció un modelo interesante, y le pedí que me lo prestara un par de días, para entender un poco mejor su funcionamiento. Esa misma tarde, en el Castillo de Chapultepec, me senté en mi sala a tratar de leer el libro que me había recomendado Carmelita, pero me llevé una gran decepción. Mis dedos no estaban manchados de tinta, ni tenían el olor del papel impregnado. Tampoco podía sentir la textura de la portada en mis manos. Ni hablar de no poder cambiar las páginas usando mis dedos. A resumidas cuentas: todo era digital. Todo. Todo. Supuse que tenía que acostumbrarme a la tecnología, y traté de leer los poemas que aparecían ante mí, pero no fue tan fácil como yo esperaba. El brillo de la pantalla fue cansado para mis ojos viejos, y los enrojeció. No pude más con los libros digitales.

FOTO: miestanteriadelectura.blogspot.mx
FOTO: miestanteriadelectura.blogspot.mx

Una semana después, Don Pepe Limantour y yo nos volvimos a encontrar en un restaurante para comentar mi experiencia con los libros electrónicos. Yo le expliqué todo lo que les acabo de comentar aquí, y él escuchó pacientemente todas mis quejas.

-“Pero, general, ya hay lectores que tienen pantallas que no brillan tanto. Todo es cuestión de acostumbrarse a los libros electrónicos y ya verá que son una maravilla. Mire, son más baratos, ocupan menos papel, y puede tener todos los libros que usted quiera, ocupando unos cuántos centímetros”.

-“¿Y qué voy a hacer cuando quiera leer uno de esos libros electrónicos y no tenga pila el aparato? Más aún, ¿cómo voy a llenar los libreros de mi oficina? ¿Dónde quedan los dobleces de las páginas, el olor de las hojas, las marcas del lomo.”

Limantour soltó una risita, característica de él.

-“Ay, general. Ya le dije. Todo es cuestión de irse adaptando a la tecnología. Ya verá que en unos años dejarán de vender libros en papel, y todos tendremos que leer en estos aparatos.”

-“Mientras existan viejos nostálgicos como yo, seguirá habiendo papel. Aunque tenga que pagar más, o pensar en los libros impresos como artículos de lujo, eso haré.”

Así pues, di por terminado el tema. Prefiero los libros en papel y creo que eso no cambiará nunca. Lo siento, contra la nostalgia no hay cura conocida.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Don Porfirio Díaz

@DonPorfirioDiaz es el alter ego de Pedro J. Fernández, autor de dos novelas históricas “Los Pecados de la Familia Montejo” y “La Última Sombra del Imperio”. Fue dialoguista de la teleserie “El Sexo Débil” y ha colaborado con varios medios nacionales con artículos históricos.

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