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Otras formas de producir el espacio

Por: Javier Caballero



La producción del espacio, que la burguesía occidental decidió llamar arquitectura, es siempre un proceso inscrito en la interacción social. Por más que se esfuerce la academia en querer justificar el valor del aporte individual, ésta nunca podrá ser realizada por una sola persona. No me refiero en este punto al acto de construirla, pues resulta obvio que en pequeña escala esto es por demás posible, sino que su realización involucra por fuerza el entramado denso de significaciones obtenidas exclusivamente en la interacción social. En efecto, producir el espacio, construir, no es sólo colocar elementos materiales en éste, sino sobre todo acudir a un proceso en el que se gesta el significado compartido que determina en última instancia lo que llamamos cultura.

La espacialidad de la modernidad capitalista ha hecho una labor titánica por eliminar este presupuesto. Decidió construir una historia a modo, fundó una academia encargada de dictaminar qué producciones son las óptimas y cuáles no, organizó premios y distinciones, y decidió demostrarnos, a través de los presupuestos hegelianos, que la “arquitectura” es universal y evolutiva.

Bajo estos dispositivos de verdad, hemos entonces sido proclives a creer que la vida urbana de la individualidad consumista es la mejor posible y que no existen otras formas de producir el espacio. A su favor, se argumenta que la ciudad capitalista se ha expandido y ha logrado consolidar su discurso unívoco de configuración espacial. Ello, nos dirán las voces más conservadoras, no podría significar otra cosa que una inmensa superioridad sobre las formas constructivas premodernas o alternativas.

Foto: cdn.traveler.es
Foto: cdn.traveler.es–

Sin embargo, hemos de argumentar en contra, que la espacialidad de la modernidad capitalista tampoco ha escatimado recursos para mostrarnos su enorme poder destructivo, su ilimitada capacidad de subsumir el pensamiento colectivo y su cínico interés por obliterar la memoria. El espacio capitalista, representado en la ciudad, se organiza con la única finalidad de reproducir la ganancia y de mantener bajo control los valores del orden social que ha impuesto la oligarquía internacional. Así que difícilmente estas pueden ser características asociadas con una “evolución” civilizatoria.

Pero, otras formas son posibles. Basta con expandir nuestro conocimiento hacia otras geografías y otros calendarios, y constatar que la diversidad cultural es rica en tradiciones espaciales colectivas. Conocerlas me parece un paso importante para todos aquellos que deseamos revertir los efectos adversos que ha producido la desapropiación de nuestra espacialidad; así que me detengo en un ejemplo por demás elocuente.

En la antigua India la producción del espacio era un “acto” completamente vinculado con la urdimbre simbólica religiosa, la cual, debemos comprender, era la vida colectiva en sí misma. Cada elemento colocado en el sistema tenía un significado específico que ratificaba la cosmovisión del grupo. Así, por ejemplo, la estupa budista que podríamos definir grosso modo como una estructura no habitable y muchas veces sin espacio interior, se construía como expone Mario Bussagli, “con la sola finalidad de hacer méritos, es decir, para mejorar en la vida futura la suerte del constructor o de quien ordenaba construirla.” Nos encontramos pues, con una espacialidad que no tiene finalidad en sí misma, sino que será el proceso lo que verdaderamente importe; un ritual del espacio mediante el cual la vida puede ir mejor.

En este mismo sentido nos encontramos con la llamada “arquitectura tallada”, la cual exenta de los problemas técnicos que demanda el equilibrio estático, abogaba por una estructura que fundía la vida comunitaria con la piedra, el sol y la montaña. Los monjes budistas, en su largo peregrinar por el país, utilizaban las cuevas no sólo como refugio y lugar de retiro, sino también como un espacio de mimesis temporal. Según la doctora Ferro Payero, la cueva está asociada con el “(…) útero de la madre tierra, cuya oscuridad y vacío precedieron al Ser manifestado”, aunque también “(…) se le otorga un imaginario parangón con la cavidad cardiaca, el lugar donde reside la divinidad y que simboliza el descenso del hombre a las profundidades de su propio ser.”

Ejemplo de ello es el Templo de Kailash, el cual siendo esculpido de una sola pieza y de arriba hacia abajo, puede ser interpretado como una espacialidad cargada de un amplio sentido colectivo que se expande a partir de una estructura que forma parte del mundo simbólico con el que se desarrolla la vida social. Tal pareciera que la devoción con la que se talló la piedra deseaba ser entendida como una forma de desarrollar la vida en el aquí y en el ahora en perfecta comunión con todo lo nos rodea.

Sin duda alguna, la historia de las culturas bien puede mostrarnos la riqueza de las formas espaciales producidas por la especificidad de la vida social; así que parafraseando a Naomi Klein podemos concluir que, en realidad, el triunfo del espacio capitalista ha sido convencernos de que no existen otras formas de entender, habitar y significar nuestro espacio.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Javier Caballero

Es maestro en arquitectura por el Posgrado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México. Profesor de historia y teoría arquitectónica, se ha especializado en los estudios decoloniales que cruzan la historia del arte, la historia de la arquitectura, el urbanismo y el patrimonio cultural.

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