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Resistencia a la espacialidad de la modernidad capitalista

Por: Javier Caballero



En un artículo de pronta publicación titulado Tendencia destructiva de la modernidad capitalista en la espacialidad rural y urbana del México contemporáneo, el maestro Paulino Alvarado expone de manera magistral y bastante bien detallada (como siempre lo hace), la forma en que la modernidad capitalista ha transformado la dialéctica espacial campo-ciudad en nuestro país; una transformación que no sólo ha tenido la finalidad de continuar reproduciendo la apropiación de la riqueza social, sino que también pretende aniquilar las formas de organización colectiva que se generan en la micro-geografía.

Para Alvarado, la relación campo-ciudad ha sido reconfigurada en dos planos: el primero, como un modelo que permite expandir la reproducción del capital a partir de la homogeneización del espacio que la vida urbana produce; esto es, llevando al campo la lógica del espacio citadino, espacio fragmentando que imposibilita la organización colectiva y las formas de vida que son distintas al consumidor anónimo que promueve la espacialidad capitalista. Y el segundo, el que define a la ciudad como una espacialidad concéntrica que dinamiza, por un lado, la apropiación territorial rural, y por el otro, la subsunción de todas las formas productivas que ahí se gestan. Ello incluye, desde luego, todas las formas de la vida social.

Foto: yorokobu.es
Foto: yorokobu.es

En consecuencia, podemos concluir a partir de toda su exposición, que el binomio campo-ciudad, más que una relación, describe una forma específica de explotación. Alvarado no escatima recursos conceptuales para denunciar que la espacialidad urbana, amparada y legitimada por el discurso del progreso y la modernización, se impone a través de la violencia material y simbólica sobre los territorios que, o bien, resisten bajo lógicas socio-espaciales distintas a la exigida por el capital, o que aún sobreviven bajo las dinámicas tradicionales de la habitabilidad rural.

Es completamente cierto que la tendencia destructiva del capital deja poco margen para intentar producir otras lógicas espaciales que no estén sometidas a la matriz simbólica de la modernidad. Sin embargo, también me parece importante observar lo que ocurre en otras escalas y en otros territorios que invisibiliza la dicotomía campo-ciudad; territorios liminales o de transición que por tener indefinida su sustancia quedan sometidos a ésta y son traducidos como deformidades urbanas porque integran las lógicas socio-espaciales de “ambos mundos”. Me refiero en especial, a las colonias populares y a los pueblos originarios de nuestra ciudad, que, siendo territorios en los que el paradigma se disuelve por la fragmentación, la marginación y el olvido, producen micro resistencias que bien pueden potenciar un proceso inverso al que les impone la gentrificación y la especulación inmobiliaria que continuamente los acosa.

Foto: commons.wikimedia.org
Foto: commons.wikimedia.org

Por mencionar un ejemplo, el primero de noviembre en Santa Úrsula Xitla, pueblo originario que se ha visto invadido en los últimos años por los enclaves auto segregativos que las clases medias desarrollan como dispositivo de diferenciación social, lxs niñxs y sus padres salen a pedir dulces no sólo como una réplica incondicional del ritual norteamericano, sino que lo hacen desde una politicidad que no tiene parangón ni en el espacio concéntrico de la urbe capitalista, ni en la organización del espacio rural: se trata de un ritual socio-espacial exclusivo de estos barrios en el que el compartir y expresar solidaridad se convierte en el único objetivo.

Es cierto que el intercambio que se realiza se hace sobre la base material que produce el capital, pero este compartir que los/as mismos/as niños/as procuran y promueven sobre sus mayores, implica un acto de resistencia que desarticula toda la lógica de consumo. El dulce o cualquier objeto de intercambio, deja de ser un producto con valor de cambio para resignificarse como un objeto vinculante mediante el cual transita la sociabilidad del pueblo.

Esta desarticulación de la lógica capitalista transforma por completo la forma del espacio urbano: la circulación de personas que somete al tránsito vehicular; el espacio privado que se desdobla y se produce como un lugar de intercambio social; la vivienda, que a pesar de tener bardas perimetrales reafirma su condición de espacio público, y las esquinas, esos peculiares espacios de intersección que funcionan como puntos de encuentro y que nos recuerdan que la calle es un lugar para la gente.

Se trata pues, de una resistencia efímera pero eficaz que detiene, aunque sea por unas pocas horas, el implacable proceso de homogeneización urbana que se realiza constantemente en todas las escalas espaciales; un proceso, que como bien plantea Alvarado, termina destruyendo cualquier modalidad de la producción social del hábitat.

Si como él mismo nos dice, nos enfrentamos con “el empobrecimiento cualitativo del habitar humano” producido por la lógica hegemónica de la modernidad capitalista, es también muy importante luchar por deshacer la dicotomía campo-ciudad que coadyuva a invisibilizar la resistencia socio-espacial que los territorios y regiones liminales están produciendo.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Javier Caballero

Es maestro en arquitectura por el Posgrado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México. Profesor y académico en distintas universidades, se ha especializado en los estudios de modernidad-posmodernidad que cruzan la historia del arte, la historia de la arquitectura, el urbanismo y el patrimonio cultural. Tiene un diplomado por el CEIICH-UNAM en perspectiva de género feminista, que ha vinculado con la teoría de la producción social del espacio.

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