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¿Sirve de algo capturar a los altos jefes criminales?

Por Aramis Kinciño

Tras el arresto de un criminal de alto perfil es común que una parte de los comentaristas señalen que este tipo de acciones sólo poseen valor mediático, pero poco sirven para combatir de fondo al crimen organizado. No obstante, esta conclusión es engañosa.

En el caso de la recaptura de «el Chapo», sería miope y mezquino minimizar la importancia del hecho, así como la dedicación, valor y eficacia de nuestras fuerzas de inteligencia y seguridad. Las mujeres y hombres que hacen posible esta clase de operativos ponen demasiado en riesgo como para no hacer, como acto mínimo de gratitud, un análisis más sofisticado que la simple crítica por consigna.

Arresto La Tuta

Desgastar al liderazgo

Suele argumentarse que detener a los grandes capos es fútil, pues por cada uno que entra a prisión habrá muchos más listos para ocupar su lugar. Esto es sólo parcialmente cierto. Partamos de un principio sencillo: el liderazgo es un recurso escaso y difícil de reemplazar.

Joaquín «el Chapo» Guzmán, por ejemplo, reúne una serie de características específicas: inteligencia, carisma, habilidades gerenciales, respeto y lealtad personal de sus subalternos, relaciones de complicidad y confianza con aliados, compradores y proveedores, y en general, un vasto conocimiento y experiencia de la operación de su organización.

Este tipo de liderazgo no se construye de la noche a la mañana, y por ello, si bien es cierto que hay muchos esperando tomar el lugar de sus jefes, el reemplazo será casi invariablemente de menor calibre, y le tomará tiempo –en algunos casos años– consolidar una posición equiparable a la de su predecesor, lo cual significa una degradación en el liderazgo y una merma en las fortalezas del cártel.

Y así como se empobrecen sus capacidades estratégicas con la captura de cada capo, lo mismo ocurre a nivel operativo con los arrestos de lugartenientes de importancia, pues el mando efectivo del personal, el conocimiento del terreno –y hasta los acuerdos ilegales con algunas autoridades– no son habilidades que aparezcan de manera espontánea. Así, cada arresto implica que gente cada vez más novata e impulsiva asuma posiciones de liderazgo, lo cual hace más probable que se cometan errores y se fragmente la cohesión del grupo.

Debilitamiento operacional

En el mismo sentido, incluso antes de la captura, el mero hecho de la persecución representa un problema importante para esas organizaciones.

Los líderes criminales se hacen más cuidadosos en sus movimientos, más lentos y menos eficaces; las ordenes de los jefes empiezan a pasar por más intermediarios y se pierde capacidad de supervisión. Ante la creciente dependencia de comunicarse por medios electrónicos, aumenta la posibilidad de interceptar estas comunicaciones y hacer labor de inteligencia ya no sólo sobre el jefe, sino su círculo cercano y delegados en otras plazas.

No menos importante, cuando los jefes criminales se ven forzados a estar permanentemente escondidos y en fuga, el enclaustramiento, la paranoia e incluso el deseo de contactar a su familia los orillan a cometer errores que permiten a las fuerzas de inteligencia y seguridad detectarlos y obtener información relevante sobre sus operaciones.

El proceso de reemplazo del liderazgo, además, genera tensiones y aun violencia interna, lo cual lesiona más la estructura y unidad del cártel.

Arresto Chapo

En este sentido, podría argumentarse que la fragmentación amenaza con crear muchas pequeñas células delictivas y exacerbar la violencia. Y si bien es cierto que esto puede ocurrir, no se trata necesariamente de un resultado adverso a largo plazo.

Por ejemplo, un grupo de sicarios que esté operando en una entidad distante cuando el cartel empieza a ser descabezado, quedando huérfano de liderazgo, instrucciones y recursos podría empezar (como ha sucedido) a dedicarse al robo de autos o la extorsión para generar ingresos, y si bien este resultado es en sí mismo indeseable, por supuesto, a la larga resulta más fácil combatir a una banda de extorsionadores aislada que a un apéndice delictivo parte de un grupo central con recursos y capacidad corruptora enormes.

Naturalmente, para que esta estrategia surta efecto las detenciones de altos mandos deben ser sistemáticas, a fin de ir degradando las capacidades de las organizaciones criminales, proceso que lleva tiempo y requiere, además de voluntad política, del apoyo de la sociedad, lo que nos lleva al ultimo punto.

Legitimidad del estado

Detener y llevar ante la justicia a altos perfiles criminales significa una necesaria legitimación para el estado; más allá de lo «mediático», en toda batalla el factor moral es importante, tanto para las fuerzas de seguridad como para el público.

En este sentido, operativos exitosos como el que generó el arresto de Guzmán Loera muestran que, si bien existen problemas innegables de corrupción al interior de algunas corporaciones, el estado en su conjunto mantiene un poder superior al de los criminales y la determinación para usarlo; nos recuerda también que contamos con fuerzas de seguridad profesionales y eficientes. A la vez, se combate la imagen de invencibilidad e incluso de culto que algunos delincuentes poseen.

Todo esto no significa que los arrestos a altos mandos vayan por sí mismos a solucionar el problema del crimen organizado. Sí significa, no obstante, que lejos de ser hechos cuyo único valor radica en su potencial como promoción mediática, obedecen a una lógica y que, a lo largo del tiempo y en conjunto con otras estrategias, van generando resultados en una batalla que no es corta ni fácil, pero que requiere ser mejor comprendida, porque es una lucha correcta y necesaria.

Acerca de Aramis Kinciño

Internacionalista de El Colegio de México y maestro en ciencia política y gobierno por la Universidad de Tel Aviv. Profesionalmente ha trabajado en las áreas de análisis político, estrategia electoral y mensaje gubernamental, tanto en México como en Israel.

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