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Sobre pactos, narcos y el cristal con que se mira

Por: Fausto Carbajal



Desde hace días, se ha generado un intenso debate en torno a la reunión que al parecer sostuvo el obispo de la diócesis de Chilpancingo-Chilapa, Salvador Rangel Mendoza, con miembros de la delincuencia organizada en el estado de Guerrero. Todavía quedan al aire muchas interrogantes sobre dicha reunión -particularmente los términos y condiciones a las que se llegaron. Pero a juzgar por la versión del obispo, los criminales se comprometieron a no asesinar candidatos a cargos políticos locales, a cambio de que no se compre el voto y que se cumplan las promesas de campaña.

Foto: revistacirculorojo.com
Foto: revistacirculorojo.com

Ante esto, diversas voces han cuestionado la viabilidad de dicho pacto, principalmente por la posición de debilidad del prelado en la negociación, y por la baja probabilidad de que se cumplan los compromisos adquiridos -los cuales evidentemente trascienden las facultades del obispo. Al margen de que sea un intento más de los criminales por legitimarse ante la sociedad –lo cual matiza esta supuesta sed de violencia rapaz que todos ellos tienen-, este hecho en particular habla más sobre la estrechez de miras de nuestra política de seguridad, que de la ingenuidad o integridad de una autoridad eclesiástica.

Comienzo diciendo que hay una guerra en México. Decirlo no es algo nuevo, pero todavía muchos se exasperan y se aflojan la corbata al escuchar esto. Tal vez no una guerra de carácter tradicional donde la artillería pesada, los bombardeos aéreos, y el uso de armas químicas son expresiones de la violencia. Pero sí una donde grupos irregulares, compuestos por civiles armados, tienen la capacidad, la disposición, y los incentivos de enfrentarse de manera no convencional contra otros grupos irregulares, y contra el Estado mismo. Una guerra que se parece más a las que le tocó vivir y estudiar a T.E. Lawrence en Medio Oriente, y de las que dijo que llevarlas a cabo son “sucias y lentas, como comer sopa con un cuchillo. O como aquella que data de tiempos bíblicos, cuando los Macabeos se rebelaron contra Seleuco.

Pensar de manera histórica la guerra contra el narcotráfico en México, podría permitirnos, de entrada, identificar la mayor cantidad de dimensiones involucradas. Nos permitiría, por ejemplo, mentalizarnos de que una guerra de este tipo no se emprende únicamente desde el punto de vista militar convencional, toda vez que involucra a poblaciones enteras, cuya movilización, en última instancia, resulta ser el objetivo primordial. Para bien o para mal, el resultado en este tipo de guerras depende más de la voluntad colectiva de esas poblaciones, que de la capacidad táctica u operativa de un Estado.

A fuerza de tumbos, de esto se dieron cuenta algunos mandos de las fuerzas armadas estadounidenses en Irak en 2005, 2006, y particularmente 2007 (cuando tuvo lugar lo que se conoce como The Surge). Entre otras cosas, decidieron sentarse a la mesa lo mismo con personas chiitas que con sunitas que desempeñaban un rol clave en su entorno social –muchos de ellos criminales con harta sangre en su haber-, lo que se denominó como la política de “tribal engagement. Sabían que, de querer reducir la violencia homicida, se tendrían que desarrollar, con ayuda de instancias civiles, mecanismos de reconciliación que permitieran “sentar a iraquíes con iraquíes”. La oposición social en Estados Unidos, la falta de voluntad política, la incapacidad para definir objetivos y transmitirlos a la ciudadanía, entre otros aspectos, terminaron por hacer de Irak lo que todos conocemos.

Regresando a estas latitudes, cualquier intento por pacificar a México tendrá que pasar por una reconstrucción del tejido social que adopte un enfoque de abajo hacia arriba; en el que, por una parte, se expongan claramente los objetivos políticos del Estado en su conjunto, pero en el que también se considere el contexto específico de las comunidades: cuáles son sus necesidades, tradiciones, formas de organización y, por supuesto, sus líderes y personas claves –algo que seguramente incluirá a criminales.

Sería ingenuo pretender alcanzar un mínimo nivel de normalidad en las comunidades sin tomar en consideración a todos los centros de poder, incluidos aquellos grupos delictivos que por muchos años se han convertido en condición inseparable del paisaje político, social y económico a nivel local, y que, además, forman parte de las intricadas relaciones -y tensiones- entre grupos que producen múltiples dinámicas de violencia más allá del narcotráfico. Pero también porque interactúan con las comunidades más allá del uso de la violencia pura y dura, por ejemplo: al reducir ciertos delitos e imponer cierto tipo de orden, al solucionar disputas, al imponer sanciones y brindar una sensación de justicia a la sociedad (por más draconiana que pueda llegar ser), etc. De qué forma y qué tanto los grupos delictivos interactúan con las comunidades, varía considerablemente; pero decir que la violencia es la única forma en la cual estos sustentan su poder, resulta un poco simplista.

Una persona a la que admiro mucho suele recordar que la política es el arte de lo posible, y que es precisamente cuando ésta falla que se acude a la guerra. Nuestro país tendrá que darle una salida política a la guerra contra el narcotráfico. Muy probablemente se tendrá que seguir empleando la fuerza para aquellos que sean irreconciliables, pero el uso de la fuerza tendrá que ser proporcional, focalizada, y discrecional. Más aún, mientras no entendamos que los programas de reconciliación, de resolución y administración de conflictos, y procesos de construcción de paz son instrumentos políticos que el Estado tiene que utilizar para acortar la guerra, y que estos tendrán que involucrar a la mayor cantidad de personas posibles, difícilmente superaremos la situación de inseguridad y violencia en la que nos encontramos.

Hannah Arendt decía que sólo la violencia era muda; ya estuvo de que este país sea mudo.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Fausto Carbajal

Internacionalista por la Universidad Iberoamericana. Maestro en Estudios de Guerra por el King's College London, Gran Bretaña. Es miembro de la Federación Mundial de Estudios del Futuro, Paris, Francia. Se ha desempeñado en el servicio público, particularmente en las Secretarías de Relaciones Exteriores y Gobernación.

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