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Sobre reuniones secretas con terroristas

Por: Fausto Carbajal



Imaginemos una reunión entre el otrora presidente Barack Obama y Osama Bin Laden. ¿De qué hubieran hablado? ¿Quién hubiera sido el puente? ¿Cuáles hubieran sido los costos políticos y los efectos sociales de aquél encuentro? ¿Qué resistencias se hubieran generado al interior del gobierno estadounidense? Estas preguntas surgen porque, guardando las características del caso, algo así pasó en 1989, cuando el presidente sudafricano, el conservador P.W. Botha, se reunió con el terrorista y enemigo número uno de la Sudáfrica del apartheid: Nelson Mandela.

Fuente: createliveaz.com
Fuente: createliveaz.com

Tal vez todo comenzó en noviembre de 1985. Kobie Coetsee, a la sazón Ministro de Justicia de Sudáfrica, fue interceptado por Winnie Mandela, esposa de Madiba, cuando ambos compartían un vuelo comercial, para pedirle que mejoraran las condiciones de vida de su esposo. A la semana siguiente, a Coetsee le pareció buena idea visitar a Mandela en el hospital en el que convalecía tras una cirugía de próstata. El tercer piso del Hospital Volks se encontraba sellado, y el prisionero 466/64 era el único paciente. Coetsee era el primer político de alto nivel que Mandela veía, después de varios años de que pidiera reunirse con algún miembro del gabinete.

Ya desde 1982, Mandela vivía en la Prisión Pollsmoor, pero al salir del hospital fue puesto en aislamiento, algo que generó inconformidad en sus seguidores, pero esto le permitió comunicarse más seguido con el gobierno. Coetsee se reunió nuevamente con el Viejo, pero ahora en su residencia oficial de Savernake. El ministro le ofreció un trago, el primero que Mandela probaba después de 22 años (de los 27 que estaría encarcelado). A partir de esa reunión, se siguieron viendo intermitentemente por los siguientes tres años, de modo que se logró generar un vínculo personal que, podría decirse, se basó en la confianza mutua.

De querer continuar con el proceso, las siguientes reuniones requerían la mayor secrecía y discreción posibles. Alguna filtración de las pláticas entre el gobierno y el enemigo sobre una posible transición política, conllevaría serios problemas políticos y sociales. Para evitar esto, las conversaciones entre el gobierno y el terrorista tuvieron un giro en mayo de 1988 -no sin una curva de desconfianza y tensiones. Niel Barnard, en ese entonces director del Servicio de Inteligencia Nacional (NIS, por sus siglas en inglés) de Sudáfrica, fue designado por el propio Botha para explorar con Mandela, las posibilidades de tener una salida pacífica a la crisis política en Sudáfrica, lo que incluía, por supuesto, saber la postura del Viejo en torno al comunismo, el rol que tendría el Partido Comunista Sudafricano, y su opinión sobre el papel de la violencia en cualquier tipo transición.

Después de la primera reunión que ambos sostuvieron en Pollsmoor, Barnard solicitó le quitaran las botas y la ropa de presidiario a Mandela, y se le proporcionara, en cambio, ropa que “sirviera a su dignidad y su orgullo como ser humano”. Barnard sabía que la liberación de Mandela era cuestión de tiempo, y que su llegada al poder era inevitable; a menos, claro, que se quisiera alargar la crisis social, política y diplomática en la que Sudáfrica se encontraba.

La Fortuna se hizo presente: en 1989, el Gran Cocodrilo –como solían decirle a Botha– tuvo una serie de infartos que a la postre lo haría renunciar. Barnard sabía que esto suponía un riesgo para la incipiente transferencia de poder –nada garantizaba que el siguiente presidente mantuviera la voluntad política para seguir con el proceso. Así que convenció a Botha de reunirse con Mandela, quien ahora se encontraba en la prisión de baja seguridad Victor Verster.

La reunión tuvo lugar el 5 de julio. Se extremaron las medidas de seguridad: no se querían tener filtraciones que dieran como resultado encabezados en el Washington Post o el New York Times. Sobre todo, se aseguraron que ni el Ministerio de Defensa, a cargo del halcón Magnus Malan, ni el Servicio de Policía Sudafricano se enteraran. Barnard deja entrever que ellos podrían ser los principales agentes provocadores al interior del gobierno –y hasta cierto punto con razón, llevaban años combatiendo a los terroristas, cuando ahora el gobierno decidía tomarse unos tragos con el líder de éstos.

El convoy cruzó las puertas de Tuynhuys, la residencia oficial del presidente. A los guardias se les dijo que en uno de los carros iba “un político de un estado africano”. Incluso los miembros más cercanos del staff de Botha desconocían sobre el encuentro. Las únicas personas presentes en la reunión fueron el Ministro Coetsee, Barnard y Willie Willemse, (quien había dispuesto su casa en Pollsmoor para las reuniones entre Barnard y Mandela). Mandela esperaba a un Botha duro, pero éste lo recibió con un abrazo y lo primero que hizo fue ofrecerle una copa de té. Por supuesto, a Botha le atraía la posibilidad de pasar a la historia como el primer presidente en tomar las decisiones difíciles para iniciar el proceso de paz en Sudáfrica. Algo que, no obstante, se le reconoció más a de Klerk con el Premio Nobel de la Paz.

Mandela llevaba consigo un conjunto de peticiones. No obstante, de lo único que no hablaron fue de política: hablaron de la familia y de historia (la Guerra de los Bóer). Barnard lo describe como dos pesos pesados dando vueltas en el ring, sólo para estudiarse el uno al otro. Fue hasta la última parte de la reunión de una hora, que Mandela le pidió a Botha que liberara a su amigo, Walter Sisulu, por razones humanitarias. Botha aceptó y le giró instrucciones a Barnard para que lo atendiera, a lo que el director de la NIS respondió que sí. Ya después en el carro, Barnard le dijo a Mandela que liberar a su amigo sería inviable en esta fase, algo que enfureció a Madiba:

“¿Acaso desobedecerás a tu Presidente, Barnard?”, le dijo. “Bueno, claramente a Usted le queda mucho por aprender; con todo respeto, incluso el Presidente de un país no pueden tomar decisiones por sí sólo”, acotó Barnard.

Tenía razón, ¿cómo Botha podría explicarle tal decisión a su Consejo de Seguridad? Las posibilidades de sabotaje al interior y al exterior del gobierno se incrementarían.

Mandela, por su parte, también guardó silencio. Más aún, se encargó de transmitirle al enemigo que la transición no era un asunto de supervivencia política, en el que el ganador tomaría todo, sino que una transición política pacífica era posible.

El 11 de febrero de 1990, Nelson Mandela fue liberado. A partir de ese momento, Mandela, Botha, de Klerk y Barnard, sabían que lo más difícil estaba ahora enfrente. En 1994 Madiba fue electo Presidente de Sudáfrica.

Tratando de seguir el consejo de Marguerite Yourcenar, en esta ocasión escribo sobre el pasado, pensando en el presente.[1]

Por último, un video a propósito:

[1] Esto se hizo a partir de una entrevista a Niel Barnard. Link: https://www.pbs.org/wgbh/pages/frontline/shows/mandela/interviews/barnard2.html No tiene desperdicio.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Fausto Carbajal

Internacionalista por la Universidad Iberoamericana. Maestro en Estudios de Guerra por el King's College London, Gran Bretaña. Es miembro de la Federación Mundial de Estudios del Futuro, Paris, Francia. Se ha desempeñado en el servicio público, particularmente en las Secretarías de Relaciones Exteriores y Gobernación.

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