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Un espacio post-naturaleza

Por: Javier Caballero



Desafiar a la naturaleza es, desde un sentido común cada vez más amplio, uno de los actos más absurdos en la historia de la civilización humana. No sólo porque en la lógica del desafío yacen implicadas la competencia y la confrontación (que de por sí forman parte del concepto de violencia), sino porque reproduce el esquema dominante de una naturaleza cosificada, escindida y mecanizada. Nos encontramos pues, ante una idea hegemónica que traduce su racionalidad a otras formas de la vida social, y legitima muchas las muchas formas de dominación que configuran nuestro mundo.

En este punto (y desde luego, dentro de esta misma racionalidad) aparece el objeto arquitectónico como un elemento antagónico que reafirma la verosimilitud de dicha concepción. Quiero decir con ello, que no es coincidencia que una vez que la naturaleza comenzó a entenderse como una entidad que podía ser estudiada y explotada para materializar la teleología del proyecto moderno, la arquitectura apareció como un artefacto que reafirmaba dicha idea; así que al producir espacios perfectamente bien diferenciados de ese enorme “mecanismo lleno de vida” el concepto de civilización se pronunció, y con ello el profundo sentimiento antropocéntrico que hoy domina la disciplina. En efecto, la historia de la arquitectura moderna es, en muchos sentidos, la historia del ser humano en contra de la naturaleza.

Foto: amusingplanet.com
Foto: amusingplanet.com

La separación radical que se fue construyendo a partir de este antagonismo, configuró simultáneamente una justificación idónea para mantener intacto el relato de una naturaleza ajena al mundo humano. Y aunque suele reconocerse que el cuerpo pertenece a este mundo indómito y salvaje, la razón se aparta sutilmente para subrayar su diferencia. Así que las técnicas constructivas implementadas desde el renacimiento son alardes intelectuales que pretenden mostrar que la razón es mucho más que un proceso natural mecanizado.

La naturaleza nos inquieta y en consecuencia la seguimos entendiendo como una fuerza irascible. No importa que en los últimos años haya cambiado el discurso y ahora se hable sin parar de sustentabilidad, eco-tecnias o veganismo: se trata de una entidad que se percibe como diferente del mundo racional humano. El 19-S es un claro ejemplo de ello, pues fue percibido como un desastre natural cuando lo que terminó con la vida de cientos de personas fueron las estructuras que levanto el “genio” humano, no fue el sismo en sí. Preguntarse qué debemos hacer para que esto no vuelva a ocurrir, no sólo debe centrarse en la forma en que estamos construyendo o en la forma en que deberíamos hacerlo, sino que debemos ir mucho más lejos.

Foto: conversations.e-flux.com
Foto: conversations.e-flux.com

Estoy pensando más bien, en el discurso que hace unos años abrió la feminista Judith Butler, según el cual, el cuerpo (léase naturaleza) es un constructo cultural y no una máquina de procesos bioquímicos que existen más allá del sistema que los significa. Nos dice Butler:

“El cuerpo es una materialidad que, al menos, lleva significado, y lo lleva de modo fundamentalmente dramático. Por dramático solo quiero decir que el cuerpo no es mera materia, sino una continua e incesante materialización de posibilidades.”

Es importante resaltar que modificar el estatuto cientificista de la naturaleza no significa que ésta deje de existir o de que queden invalidados sus argumentos e investigaciones, sino que se trata de dar paso a otras interpretaciones que han sido obliteradas por la máquina colonial eurocéntrica. Entender así la naturaleza, como una fuerza o un sistema que funciona sin conciencia y bajo la acción de regulaciones prescritas, es continuar reproduciendo la idea que nos concibe como entidades desmaterializadas que deben habitar en espacios no naturales; es mantener intacta la idea de un cuerpo-instrumento (reificación del cuerpo consumista) que este sujeto abstracto e inexistente utiliza.

En su lugar, me parece pertinente extender el discurso propuesto por la filósofa feminista para comenzar a elaborar una teoría post-naturaleza que incluya la multiplicidad de formas de concebir e interpretar lo que somos. Por ejemplo, haciendo del cuerpo y de las producciones espaciales (unidades indispensables de toda matriz cultural) conceptos que no existen previamente a sí mismos, sino que se definen mientras se realizan (el acto performativo). De esta manera, la naturaleza dejaría de presentarse como código fuente y se entendería como parte intrínseca de ellos, o en otras palabras, dejar de percibirla como adversaria y encontrar formas alternativas que puedan detener la absurda guerra que la razón humana le declaró a su propia ficción. Es urgente comenzar a hacerlo.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de Javier Caballero

Es maestro en arquitectura por el Posgrado de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México. Profesor y académico en distintas universidades, se ha especializado en los estudios de modernidad-posmodernidad que cruzan la historia del arte, la historia de la arquitectura, el urbanismo y el patrimonio cultural. Tiene un diplomado por el CEIICH-UNAM en perspectiva de género feminista, que ha vinculado con la teoría de la producción social del espacio.

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