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Una mirada hondureña sobre el fútbol

Entrevista a José Manuel Torres Funes


Por: César Navarrete


Anteriormente, el escritor y periodista hondureño, José Manuel Torres Funes, habló sobre La guerra del futbol entre El Salvador y Honduras. Entablé amistad con él durante su estancia en México hace algunos años. Es aficionado al deporte (basquetbol y futbol).

Le pedí que me ofreciera su perspectiva sobre el balompié catracho, así como de la relación futbolera que mantienen los equipos de la CONCACAF.

A la selección hondureña se le nombra La H, pero dicha denominación se la inventó hace unos años un periódico con fines comerciales (como El Tri o La Selecta para los equipos de México y El Salvador respectivamente).

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José Manuel expresa su nostalgia por el juego espontáneo de antaño con la frase de César Luis Menotti: «Ahora veo cosas que en el pasado ya vi, pero en el pasado hay cosas que no se volvieron a ver».

Acaso el lector comulgará, más de lo que espera, con las palabras de Torres Funes. Aquí la conversación.

César Navarrete (CN): Manuel, háblame de tu pasión por el futbol (México es el único país hispanoparlante en que se pronuncia «futból» y no «fútbol») y sobre tu equipo predilecto.

José Manuel Torres Funes (JMTF):  La afición por el fútbol me la transmitió mi padre, que es aficionado del Motagua, de Tegucigalpa. En Tegucigalpa hay dos equipos «grandes», Olimpia y Motagua. El primero es quizá el más popular del país, en tanto Motagua, que tiene probablemente la segunda afición más numerosa (se lo pelea con el Marathon de San Pedro Sula) tiene un fuerte arraigo en Tegucigalpa. El Motagua se ha identificado como el equipo del «barrio», el «perdedor» que nos hace sufrir pero que nos da alegrones; el Olimpia, en cambio, se cree una «institución».

Durante muchos años, antes de que la globalización nos pusiera en bandeja las ligas extranjeras, yo fui un ferviente seguidor del Motagua. En mi clase de escuela, de los 20 que seguíamos verdaderamente el fútbol, 13 eran olimpistas y siete éramos motagüenses. Durante toda mi escolaridad y secundaria (11 años en total) el Motagua fue campeón tan solo una vez (1991). Lo que sí no recuerdo es que le hubiera ganado un solo «clásico» al Olimpia. Esta «ayuna» de campeonatos y de triunfos, las burlas permanentes de nuestros rivales, la esperanza, siempre en vilo, de que, por fin, un día, se iba a romper la hegemonía y que Motagua volvería a ser campeón, en lugar de debilitarla, fortalecieron y enriquecieron mi afición por el equipo. La derrota me volvió un aficionado supersticioso, «espiritual», «cabalístico», como suele decirse en el lenguaje futbolero. Los motagüenses teníamos nuestros ritos y nuestras devociones «místicas»; los olimpistas, acostumbrados a ganar, no necesitaban estas cosas.

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Al año siguiente de graduarme (1997), Motagua volvió a ganar un título. Por ese entonces yo estaba viviendo en Suiza (un año de intercambio escolar) y mis padres me enviaron por correo convencional las portadas del periódico que hablaban del nuevo título obtenido. Al regresar a Honduras, entré a estudiar periodismo en la universidad. Motagua, de la mano del Primitivo Maradiaga y Amado Guevara, estaban arrasando en la liga. En la universidad, me hice de nuevos amigos motagüenses con los que íbamos a ver partidos y celebrábamos los triunfos del Ciclón Azul. Por mi parte, aunque el equipo triunfaba, no abandoné mis supersticiones. Cada lunes, acudía a clases con la camiseta de Motagua.

Por primera vez en mi vida, vi a los olimpistas de capa caída. La hegemonía «azul» duró cinco años, de la mano de Amado. Personalmente, aunque siempre me gustó el juego de Amado Guevara (que llegó al tope de su forma en aquella Copa América de Colombia 2001 donde fue elegido mejor jugador), el jugador que verdaderamente marcó a los motagüenses de mi generación fue César El nene Obando, un volante frágil, ambidiestro, driblador, goleador, que lanzaba los tiros de esquina del lado derecho con la derecha y del lado izquierdo, con la zurda.

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Desde 2000, llevo 12 años viviendo en el extranjero; cinco en México y siete en Francia. Han sido muy pocos los partidos de Motagua que he podido ver completos desde entonces. Sé que los estadios en Honduras se llenan cada vez menos y que las aficiones locales están en riesgo de extinción. En todas partes pasa igual, creo. El poderío económico de las ligas europeas es muy fuerte y eso obviamente repercute en la percepción del fútbol a nivel local. Sin embargo, también es culpa de los dirigentes locales que no han sabido cuidar la identidad de sus equipos ni planificar proyectos deportivos de calidad. Los dirigentes del fútbol en Honduras son los mismos que dirigen el país, los medios de comunicación, los bancos En pocas palabras: una clase política y económica corrupta y mediocre. Actualmente, algunos de sus dirigentes más altos están en prisión o tienen cargos en su contra. Los tres casos más relevantes son los de Rafael Leonardo Callejas, ex presidente de la Federación de Fútbol de Honduras (FENAFUTH) y su secretario Alfredo Hawit (que también fue presidente de la CONCACAF), que guardan prisión en Estados Unidos por el escándalo del FIFA-Gate. Otro caso es el de la poderosa familia Rosenthal Oliva, dueños del tercer equipo más popular del país, el Marathon. Dos de los miembros de esa familia están en prisión en Estados Unidos (fueron extraditados por narcotráfico y lavado de activos a través de sus empresas). También hay un alto dirigente de Motagua acusado de corrupción… En fin…

CN: Cada vez que las selecciones de México y Honduras (o de otras naciones centroamericanas) se enfrentan, preferentemente en las eliminatorias mundialistas, se exalta el antagonismo, más allá de lo deportivo. En su reportaje de 1969, La guerra del fútbol, el periodista polaco Ryszard Kapuściński describe el comportamiento de los aficionados salvadoreños y hondureños previamente al Mundial de México 1970: «El escándalo se prolongó durante toda la noche. Y todo para que los jugadores del equipo contrario, sin haber podido pegar ojo, nerviosos y cansados, perdieran el partido. En Latinoamérica, semejantes prácticas están a la orden del día, así que no sorprenden a nadie». ¿Qué opinas?

JMTF: En mi opinión, la desmesura de la «rivalidad» futbolística entre México y los países centroamericanos (los costarricenses, guatemaltecos y salvadoreños pueden ser más violentos contra los mexicanos que los hondureños), también hay que encontrarla en el ámbito de la política y los negocios.

Deportivamente, la rivalidad siempre existió, pero se quedaba en el terreno de juego. No más.

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En las últimas décadas, comienza a pesar también el fenómeno migratorio (México es la gran tierra de trashumancia, previo a los Estados Unidos, de millones de centroamericanos y el Estado mexicano juega un papel de gendarme de Estados Unidos con respecto a estos países) los intereses empresariales mexicanos en la región (las rivalidades empresariales son mayores en El Salvador, Guatemala y Costa Rica, porque ellos cuentan con clases empresariales más fuertes que la hondureña), la presencia del narcotráfico…

Y el fútbol, como siempre, se vuelve el escudo de armas. En definitiva, son los medios de comunicación los que crean y promueven las atmósferas de hostilidad.

En este sentido y desde un punto de vista político y periodístico, es importante analizar el fútbol para tratar de imaginar cuáles son las maniobras políticas, económicas y mafiosas que se están jugando en otras canchas. La misma Panamá ya entró en estas «rivalidades» contra México. ¿Sería interesante saber cómo andan las inversiones mexicanas en Panamá?

El fútbol es un arte de presión y de negociación. Son muy hábiles los que saben servirse de él.

José Manuel Torres Funes (Tegucigalpa, Honduras, 26 de julio de 1979). Periodista y escritor. Radica en Marsella, Francia, desde 2010. Autor de los libros: Desfiladero (Editorial Roca en el Aire, Tegucigalpa, 2003), El libro Azul de Casa Alianza (Editorial Guardabarranco, Tegucigalpa, 2006), El dolor de la Ausencia (Editorial Guardabarranco, Tegucigalpa, 2008). Incluido en Antología del nuevo cuento de Centroamérica y República Dominicana (Grupo de Editoriales Independientes de Centroamérica / Goethe-Institut México, Tegucigalpa, 2014), cuya compilación estuvo a cargo del escritor nicaragüense Sergio Ramírez.

Mexican Times es un medio plural en el que convergen distintos tipos de ideologías, en ese sentido, las opiniones vertidas en la sección #Opinología son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista del medio.

Acerca de César Navarrete

Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad del Valle de México, con un Diplomado en Nivelación Pedagógica para profesores de Educación Secundaria por el Centro de Actualización del Magisterio en el Distrito Federal. Profesor universitario, escritor, viajero, traductor, fotógrafo, bloguero, documentalista y etnomusicólogo. Ha traducido textos literarios en más de diez idiomas y publicado en medios tradicionales y virtuales de México, Honduras, Perú, Colombia, España, Francia y Portugal. Es autor de los libros: Poenimios (México, 2014), Fábulas-o-heces (México, 2014), 20 Poenímios (Coimbra, Portugal, 2016) y Epigramas y maxinimias (México, 2017).

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